Miércoles 14 de octubre

Entonces el Señor se dirigió a mí una vez más, y me dijo: “De esta misma manera destruiré el orgullo de Judá y Jerusalén”.

Jeremías 13,8-9

En una oportunidad, viajando en el subte D hacia Belgrano en Capital Federal, no pude evitar escuchar la siguiente conversación: “No lo soporto, ese tipo es un soberbio”. “Si” -respondió la otra persona- “es un orgullo empedernido”. A nadie le cae bien una persona orgullosa y, como lo afirma el texto de hoy, Dios tampoco los soporta.

Dios afirma que destruirá el orgullo de Judá. El pueblo de Dios abandona a Dios, cayendo en la idolatría. El gran orgullo de Jerusalén estaba basado en una falsa seguridad: confiaban que Jerusalén jamás podría caer porque en ésta ciudad estaba el templo. Pero ellos debían haber confiado en el Dios que habitaba en el templo, no en su construcción edilicia.

Es orgullo y pedantería pensar que podemos excluir a Dios de nuestras vidas, confiando en nuestra supuesta autosuficiencia. Dios es el único dador de la vida y el único que la sustenta. Si alguien elige des-de su libertad excluir a Dios de su vida, puede hacerlo perfectamente; pero Dios, en su infinito amor lo/la seguirá amando, garantizándole la vida. Esto es explicado de forma genial en el Catecismo Menor de Lu-tero cuando explica la cuarta petición del Padrenuestro: Dios alimenta a todos por igual, sean buenos o malos. La diferencia está en que el cristiano es una persona agradecida.

Esta es la meditación para hoy: seamos agradecidos y cuidémonos de la soberbia de la autosuficiencia.

Vivan en armonía unos con otros. No sean orgullosos, sino pónganse al nivel de los humildes. No presuman de sabios. (Romanos 12,16)

Sergio A. Schmidt

Jeremías 13,1-11