Miércoles 15 de agosto

 

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Los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas, pero Jesús les dijo: ¿Por el poder de mi Padre he hecho muchas cosas buenas delante de ustedes; ¿por cuál de ellas me van a apedrear?

Juan 10,31 y 32

Los judíos no podían creer que una persona tan sencilla, un simple predicador en túnica y sandalias, podría ser el Mesías, el ungido de Dios. Ellos esperaban a un rey rico y poderoso que vendría a salvarlos. No podían ver la mano de Dios en todo lo que él hacía. ¿Por qué? De los discípulos que regresaban a Emaús después de la crucifixión del Maestro, dice en Lucas: sus ojos estaban velados para que no le conociesen. (Lucas 24,16).

También nosotros, al igual que ellos, muchas veces dudamos de la existencia de ese Dios maravilloso, porque de repente caemos enfermos, nos quedamos sin trabajo o nos sentimos traicionados por un ser querido. En esos momentos no podemos ver la mano del Señor tallando nuestras vidas, quemando la escoria y refinándonos a oro fino, porque estamos ciegos por el afán de nuestros quehaceres, olvidándonos de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Andamos tan ocupados que nos olvidamos de agradecer al despertar en la mañana, por la salud, la familia y tantas otras cosas más que consideramos lógicas y hasta, quizás, nos jactamos que son los merecidos logros por nuestro empeño en cada jornada. Reflexionemos un momento: ¿Quién nos da la salud, las oportunidades para lograr nuestros objetivos?

Señor, desvela nuestros ojos, abre nuestra mente y ayúdanos a traer al corazón sabiduría para que podamos ver tu mano en todo lo que nos acontece, para entender el para qué de todas las cosas. Permítenos verte en todos nuestros semejantes que al igual que nosotros son tu creación. Haznos lentos para juzgar y ligeros para ayudar, levantar y guiar al caído al pie de la cruz. Amén.

Carlota Schwarz

Juan 10,31-42

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