Miércoles 15 de enero

 

Los espíritus impuros, al verlo, se ponían de rodillas delante de él y gritaban: “tú eres el Hijo de Dios”.

Marcos 3,11 El encuentro personal con Jesús no deja a nadie indiferente.

Dice el Evangelio que “seguido de mucha gente de Galilea, se fue

con sus discípulos a la orilla del lago” (v. 7). Y además “cuando supieron la grandes cosas que hacía, también acudieron a verlo muchos de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del Oriente del Jordan y de la región de Tiro y Sidón” (v. 8). Había en esa gente un reconocimiento que generaba gran expectativa y movilización. “Había sanado a tantos, que todos los enfermos se echaban sobre él para tocarlo” (v. 10).

Para los “espíritus impuros” tampoco es indiferente ese encuentro personal con Jesús. Este reconocimiento marca el carácter real de Jesús, que no sólo es reconocido como “hijo de Dios” por esos espíritus que lo rechazan, pero que se ponen de rodillas frente a él, sino que además reciben la orden, en el versículo siguiente, de “no hablar de él en público”. Son enemigos, pero a pesar de ello están sujetos a Cristo.

¿Existen hoy esos espíritus impuros, que nada quieren tener que ver con Cristo y con el Evangelio pero reconocen su poder? Han cambiado de forma, se han camuflado para pasar desapercibidos en nuestra manera de ver el mundo. Hoy pueden llamarse afán de poder, avaricia, insensibilidad, egoísmo. Tienen tal capacidad camaleónica que hasta llegan a disfrazarse de virtudes, porque como aquellos reconocen que están sujetos al poder de Dios, hasta se postran ante él, pero su propuesta no tiene nada que ver con la buena noticia de Cristo, y es importante distinguirlos aunque su apariencia nos confunda.

La oración y la búsqueda comunitaria del alimento bíblico son las herramientas que nos posibilitan distinguir una voz de otra voz aunque a veces suenen parecido.

Oscar Geymonat

Marcos 3,7-12