Miércoles 15 de febrero

 

 

A otro le dijo: «Sígueme.» Aquél le respondió: «Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre.»  Pero Jesús le dijo: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el reino de Dios.» 

Lucas 9,59-60

Parece una palabra muy dura de Jesús. No acepta que una persona que quiere ser su seguidor se ocupe de su anciano padre hasta la muerte de éste. Que los muertos entierren a sus muertos.

Tomando literalmente este pensamiento de Jesús nos damos cuenta de que se trata de un imposible. Evidentemente, los muertos no pueden – ya no pueden – hacer nada, tampoco hacerse cargo de otros muertos.

Esto nos lleva a comprender la intención de lo dicho por Jesús.

¿Quiénes son los muertos que han de enterrar a sus muertos? Los que no han recibido el mensaje de Jesús.

El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no será condenado, sino que ha pasado de muerte a vida. (Juan 5,24). Quien no tiene vida está muerto; quien no tiene la vida que Jesús da, está muerto para el reino de Dios.

Con lo que parece una palabra dura, casi de rechazo al deseoso seguidor de Jesús, él realmente no quiere desanimarlo, sino hacerle ver la implicancia del seguimiento. Seguir a Jesús es tener vida; dejar a Jesús es permanecer en la muerte. Se trata de una decisión: la vida o permanecer en la muerte. No se puede estar muerto y un poco vivo.

Si estamos en la vida de Jesús, si Jesús vive en mí, mi relación con quien ha dejado de vivir esta vida terrena también es diferente. Ya no es tratar como muertos al muerto; es saber que la persona muerta no está perdida, sino que está en la vida de quien ha vencido a la muerte.

También es otra nuestra relación con los “muertos” que todavía no han recibido la vida plena de Jesús. Para con ellos es nuestra misión de anunciar el reino de Dios, la palabra de vida, mediante nuestro testimonio y nuestro amor.

Dieter Kunz

Lucas 9,57-62