Miércoles 18 de octubre

 

 

Jesús le contestó: “Todavía te falta una cosa: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme”.

Lucas 18,22

Seguimiento: lo que Jesús le plantea a este hombre rico suena a una exigencia desmedida. Como si el seguimiento implicara desprenderse de todo, hasta de los seres más queridos.

Al escuchar esta historia queda en nosotros una sensación de tristeza, como triste se puso aquel hombre cuando Jesús le hizo aquel pedido excesivo: “Vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres”.

Parecería que  cumplir los mandamientos, llevar una vida ordenada, participar de la vida cúltica, honrar a los padres etcétera no fuera suficiente para alcanzar la vida eterna.

¿Querrá Jesús que vivamos de la limosna, como mendigos o indigentes?

No lo creo. Pero sí creo que hay “cosas” que nos impiden ser felices. Hay “bienes” que  nos impiden vivir libremente porque estamos atados a ellos. Hay “situaciones” que nos absorben totalmente y condicionan nuestra participación; nos estorban en el camino de la libertad, de la solidaridad y del amor servicial.

Jesús fue exigente (y lo es aún) porque quiso sacar a aquel hombre de ese estado de insatisfacción. Si nuestra vida no es una vida de servicio y de entrega, tampoco tiene sentido ni razón de ser.

Aquel hombre se puso triste porque comprendió cuán profundo es el llamado de Jesús. Porque entendió que el seguimiento obliga a salir del encierro, del egoísmo, de la indiferencia. Descubrió que no alcanza con observar la ley. Hay que ponerla en práctica. “Ve y haz lo mismo”, le contestó Jesús al maestro de la ley cuando le hizo descubrir quién era el prójimo en la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25-37).

Jesús no desprecia los bienes, ellos son necesarios para vivir dignamente. Lo cuestionable es cuando esos “bienes” nos absorben tanto que no nos dejan actuar con libertad y, menos, servir con amor.

Stella Maris Frizs

Lucas 18,18-30