Miércoles 24 de enero

 

 

Adoren al Señor su Dios y sírvanle sólo a él.

Deuteronomio 6,13

¿Qué implica adorar y servir sólo a Dios? Fue difícil -para el pueblo que andaba en el desierto- mantenerse fiel a Dios, el que los había liberado.

Sucede que en ese caminar hacia la tierra prometida, fueron experimentando muchas situaciones que los confrontaron con su fe: ¿Para qué nos liberó Dios?

Hoy también nos toca a nosotros, como creyentes, transitar por experiencias que nos hacen tambalear nuestra fe, y nos llevan a preguntarnos cómo es posible que nos suceda a nosotros.

Sin embargo, son estos momentos en que más debemos estar dispuestos a adorar y servir a Dios, pues en este acto encontramos no a un dios oculto y lejano, sino al Dios de la liberación y la vida plena.

La presencia de Dios en nuestras vidas se manifiesta de muchas formas, y en los lugares y momentos menos pensados. Por lo tanto, adorar y servir a Dios nos lleva a no dejarnos caer en la desesperación de la vorágine cotidiana y la fragilidad de nuestra sociedad. Por el contrario nos fortalece en la certeza de aquel Dios que crea y recrea todas las cosas y que, sin importar la situación y lo que hagamos, él se hace presente en el seno de nuestras vidas, en nuestros dolores, tristezas y alegrías. Nos asiste, nos consuela, y nos demuestra que su amor no es vulgar e imaginario, sino que es especial y real, pues nos libera de lo que nos quiere esclavizar.

Te alabaré, Señor, con todo mi corazón… Me alegraré en ti, y me regocijaré. (Canto y Fe N° 182)

Joel A. Nagel

Deuteronomio 6,10-25