Miércoles 24 de octubre

 

En cuanto tomó el rollo, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se pusieron de rodillas delante del Cordero. Todos ellos tenían arpas y llevaban copas de oro llenas incienso, que son las oraciones del pueblo santo. Apocalipsis 5,8

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En esta fantástica escena del Apocalipsis tenemos presente al Cordero, que representa a Jesucristo crucificado, muerto y resucitado; tenemos a los cuatro seres vivientes que evocan a los seres alados del Arca de la Alianza, y finalmente tenemos a la corte celestial de los veinticuatro ancianos que representan al pueblo de Dios ya glorificado. Todos estos seres adoran, glorifican a Dios y cantan alabanzas. Es una imagen magnífica y muy bella.

Sumamente interesante es la mención de las copas de oro llenas de incienso que son las oraciones del pueblo de Dios. Este detalle es importante porque marca la conexión que existe entre este  momento de gloria y de adoración celestial con nuestra realidad de todos los días. Nuestra vida cotidiana no es lo suficientemente opaca y gris como para que la gloria de Dios no pueda brillar en ella, y la gloria de Dios no es ajena a la realidad de los sufrimientos y angustia del ser humano. Es más, todas las oraciones de todos los creyentes hechas con piedad y devoción no se pierden en el vacío sino que son recolectas en grandes copas que son llevadas al Cordero de Dios.

¿Alguna vez se detuvo a pensar que sus oraciones tienen destino, es decir, que no solamente son escuchadas, sino que además, tienen un destino eterno y llegan en su intención hasta el fin de los tiempos cuando finalmente el trono es ocupado por el Cordero de Dios? Nuestras oraciones de todos los días ni se pierden ni se esfuman, sino que son recibidas por Dios y llevadas ante la presencia del Cordero inmolado y de esa manera, a través de la oración, se encuentran el cielo y la tierra.

Sonia Skupch

Apocalipsis 5,6-14