Miércoles 28 de agosto

 

Llevaron a Jesús un hombre ciego y mudo. Jesús le devolvió la vista y el habla. Todos se preguntaban admirados: “¿Será éste el Hijo de David?” Al oír esto, los fariseos dijeron: “Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre el poder de expulsarlos”.

Mateo 12,22-24

En el relato bíblico vemos a Jesús haciendo un milagro. Algunas personas le llevan a un hombre ciego y mudo. Jesús le devuelve la vista y el habla.

Imaginemos esta primera escena. Seguramente no tenemos forma de sentir o explicar lo que esa persona habrá experimentado. La vuelta a la vida, con todo lo que eso implicaba en esa época.

Hay asombro, alegría; se preguntan, ¿será que el Mesías está en medio de nosotros?

Pero en la escena siguiente hay otra realidad, hay reacciones opues-tas, hay confrontación, hay enojo, se reacciona tan rápidamente con palabras hirientes, que generan dudas, con cuestionamientos, sin pen-sar en la persona curada, sin pensar ni compartir la alegría del mo-mento especial que se está viviendo.

Pensaban que de esa manera iban a parar o limitar el ministerio de Jesús. Esa era una realidad lamentable también en los tiempos de Jesús. Las personas que ostentaban algún poder siempre se preocupaban por su reputación y mostraban una feroz oposición. Pero, aunque los fariseos eran siempre obstáculos, las multitudes seguían buscando a Jesús.

¡Cómo nos cuesta ver lo bueno de una acción cuando hay orgullo, envidia, odio y otros sentimientos parecidos!

A veces cerramos nuestros ojos a la luz divina, nos perdemos y ne-gamos la presencia de Dios por nuestra dureza, por nuestros enojos, y nos perdemos la bendición de celebrar lo bueno que Dios hace en la vida de nuestro prójimo.

Estamos llamados a un cambio por dentro en la vida. A descubrir que cuando compartimos y celebramos lo bueno, hacemos que el reino de Dios siga vivo en nosotros.

Mario Gonzales

Mateo 12,22-32