Miércoles 3 de octubre

 

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Cuando éramos menores de edad, vivíamos como esclavos bajo los elementos del mundo. Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.

Gálatas 4,3-5

Algunos estudios señalan que a los jóvenes actuales les cuesta madurar, asumir compromisos, prolongan su dependencia familiar, dejándoles a sus padres las responsabilidades cotidianas. Esto impide que tomen decisiones y crezcan, es decir, que se conviertan en adultos responsables de sus acciones y consecuencias.

De la misma manera, frente a la gracia de Dios, gran parte del pueblo judío prefirió seguir dependiendo de la ley de Moisés, ya que, de alguna forma, les daba un marco de seguridad en el cual desenvolverse. Sin embargo, esa estructura, también los volvía esclavos del pecado.

Cristo Jesús no sólo vino a liberarnos y convertirnos a todos en hijos de Dios por la gracia y la fe, sino a invitarnos a madurar cada día, a asumir riesgos y desafíos, a dejar la comodidad del hogar para tomar nuestra cruz y seguirlo.

Con la seguridad de que no estamos solos afrontando este desafío, porque Jesús nos lo prometió al decir: Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros: el espíritu de la verdad (Juan 14,16); podemos confiar en su ayuda y palabra que nos declara: No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré; siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. (Isaías 41,10). Amén.

María Esther Norval

Gálatas 4,1-7