Miércoles 6 de septiembre

 

 

Dios  dijo a Moisés y a Aarón: “¿Hasta cuándo esta comunidad malvada y esta gente van a seguir murmurando contra mí? Porque he oído las murmuraciones, las quejas de los israelitas en mi contra.”

Números 14,26-27

Te  quejas  cuando sufres algún dolor físico o cuando hieren las hormonas de tus sentimientos más profundos o cuando vives una injusticia.

Murmuras cuando descargas tus broncas en el lugar equivocado. Cuando no eres capaz de ver todo lo que de bueno has vivido.

Te quejas cuando lo que estás viendo, sintiendo y escuchando te daña a ti y a los que te rodean, y cuando tienes una propuesta para buscar un camino alternativo.

Murmuras cuando tienes la panza llena, una hermosa familia, una salud envidiable y te ahogas en un vaso de agua.

Cuando te quejas, hay quienes te escuchan, acompañan y sostienen.

Cuando murmuras, la gente se enrosca contigo o te deja solo en tu egoísmo que no permite que veas más allá de tu ombligo.

Cuando te quejas, los que te rodean y Dios mismo tienen mucha paciencia – no así cuando murmuras.

Porque cuando murmuras aparecen los sentimientos más bajos: las intrigas, los chismes y las mentiras.

Ya el liberador de Israel, Moisés, sufrió el peso de las murmuraciones de la gente. De la misma manera sintió también el apoyo de Dios. Ese Dios que carga con esas actitudes negativas con enorme  paciencia.

Quéjate las veces que quieras; siempre aparecerá alguien que te escucha, pero evita siempre fomentar la murmuración que tanto mal te hace a ti, a los demás y a la sociedad toda.

Juan Pedro Schaad

Números 14,26-38