Miércoles 7 de abril

Luego Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta Betania, y alzando las manos los bendijo y mientras los bendecía, se apartó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de adorarlo, volvieron a Jerusalén muy contentos y estaban siempre en el templo, alabando a Dios.

Lucas 24,50-53

Al leer este versículo bíblico me quedó haciendo ruido la frase “y estaban siempre en el templo alabando a Dios”. Me puse a reflexionar en por qué se quedaron encerrados dentro de 4 paredes si justamente la mayor parte del tiempo Jesús estuvo afuera acompañando a las personas más necesitadas ya sea por sufrimiento o por desconocimiento de Dios y de su amor. Pero ahí es donde me recuerdo que debemos leer más allá.

Algo que aprendí de los cantos de Taizé durante mi estadía como voluntaria en dicha comunidad es que, cada vez que repetimos una frase, una oración o un versículo bíblico, éste nos trasmite más cosas; con cada repetición nos llega más profundo en el corazón y nos permite comprender más y más.

Seguí repitiendo esa frase y me llegó a la mente la siguiente pregunta: ¿debemos alabar a Dios en el templo físico o en el templo de Dios, que va mucho más allá de esas 4 paredes?

Realicé dos voluntariados en mi vida, uno donde salí del templo físico por un año para ir en busca del otro y otro donde me metí por 3 meses en un templo físico para ir en busca de Dios. De todas formas, en ambos tuve una conexión con Dios, ya sea mediante la oración o al estar al servicio.

Como cristianos estamos llamados a que nuestras vidas sean un reflejo del evangelio, y nuestras vidas no lo van a ser si no pasamos un tiempo en las parroquias y otro por fuera de éstas, hablando, siendo una sencilla presencia de amor de Dios para los otros. A su vez si nos encerramos en las parroquias corremos el riesgo de dejar de ser discípulos de Jesús para convertirnos en fariseos.

Carolina Schimpf

Lucas 24,50-53

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