Miércoles 8 de julio

No tengo pan cocido, sino solo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos.

1 Reyes 17,12

La fe se pone a prueba en las dificultades. Esta es una verdad para mí.

Son los momentos duros de la vida donde puedo identificar que mi fe personal en Dios estuvo más fuerte. Quizás se deba a que Dios era mi única ayuda y consuelo. No podía contar con mis fuerzas, no podía contar con mi esfuerzo por cambiar la situación dolorosa y no dependía de mí poder salir a flote.

Sentí la presencia de Dios en medio de la mayor angustia y en medio de la noche más profunda, en “esas circunstancias” donde no encontraba salida, donde la tentación de dejarme morir aparecía, cuando ya no tenía fuerzas para remar, ya no tenía fuerzas para volver a empezar, es cuando la presencia de Dios se hizo y se hace más palpable siempre.

No fueron una o dos veces… sino varias, a lo largo de mi vida donde el hilo minúsculo de fuerza que me quedaba, fue para mirar al cielo y dejarme ayudar por Dios pues de nadie más podía recibir ayuda.

Reconozco que nunca me faltó la mano de Dios en alguien que estuvo a mi lado para sostenerme. Por eso creo que los tiempos buenos son tiempos de agradecimiento y aunque no siento la presencia de Dios tan fuerte es porque seguramente pongo mucha confianza en mis fuerzas y puedo decir que hasta confío en mis propias energías.

¡Pero sí que Dios vive y es real y cercano! Cuando el zapato me aprieta y el agua me llega al cuello y entonces solo espero que Dios me tienda una mano pues nadie más que Él lo puede hacer.

Por eso, Señor, dame lo justo y necesario cada día. Que nunca sienta que solo basta mi esfuerzo, que solo bastan mis propias fuerzas. Porque deseo con ansias poder sentirte vivo y presente a mi lado, cuando en los peores momentos de mi vida estás allí. Dame Señor el pan de cada día. Amén.

Sergio López