Sábado 14 de octubre

 

 

Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará.

Lucas 17,33

Antes de entrar en estas enigmáticas palabras de Jesús dadas a los fariseos que preguntaban cuándo habría de venir el reino de Dios, tengamos en cuenta que no se habla aquí de alma en oposición al cuerpo. Como todo judío, un fariseo creía que la vida es un bien supremo, así es que tratar de conservarla era los más natural y lógico. Entonces, Jesús les dice que están errando el camino cuando buscan conservar ese don de Dios porque lo hacen con una idea posesiva, de pertenencia, y de qué clase de vida es la que buscan.

Cuando el evangelista Mateo trata el mismo tema, añade algo muy importante y dice: “…pierde la vida por causa de mí” (Mateo 10,39). Entonces, quien así lo haga, recibirá el don de la vida eterna a cambio de la terrena que ha perdido. Ahora podemos entender que no era una afirmación triste sino algo hermoso y resplandeciente.

Es necesario tener claro qué es “dar la vida”. Todo creyente sabe que no se trata de un suicidio en masa, sino limpiar nuestro interior abandonando egoísmos y maldades; algo como salirse de uno mismo, como lo que Pablo comentó: Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. (Filipenses 1,21)

También es importante pensar sobre lo que entendemos por “reino de Dios”. Hay muchas ideas al respecto, pero en todas está como eje el pensar en el señorío de Dios en cada vida, rigiéndolo todo. Para eso Jesús debe reinar en todo corazón humano inspirando los pensamientos, hechos y sentimientos de toda la persona. De lo contrario, nuestros problemas de fe serán como “címbalo que retiñe”, sólo ruido.

A ti que con tu muerte al mundo vida das, Jesús humilde y fuerte que siempre reinarás. A ti canta Aleluya la iglesia de la luz; toda potencia es tuya y tu pendón la cruz. (Cántico Nuevo Nº 167)                                                            

Alicia S. Gonnet

Lucas 17,20-37