Sabado 14 de septiembre

 

De cierto, de cierto os digo: “el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida.”

Juan 6,47-48

Dios es vida, Jesús es el pan que vino a dar vida a este mundo, es pan que comparte vida con todos, sin distinción. Es el pan que nutre y fortalece a los necesitados.

Muchos vinieron para dar conocimientos a la mente; para dar filosofía a la razón; para traer una religión a la búsqueda espiritual. Pero Cristo, nuestro Cristo, vino para alimentar el alma, la esencia misma de nuestro ser, de nuestra existencia.

El escenario del mundo ofrece constantemente “panes” que nos traen una satisfacción pasajera, banal. Hay tanto “pan muerto” cuya materia prima está colmada de “valores alterados”, “transgénicos” que terminan enfermando al cuerpo, la mente, el alma y la sociedad. Panes muertos costosos que brindan satisfacción al cuerpo, a los deseos, muchas veces ilícitos, y a los apetitos del momento.

Frente a toda esta variedad de “panes”, Jesús, en lenguaje figurado, se nos presenta como un “pan vivo” que brinda satisfacción eter-na. Nada en el mundo puede satisfacer la sed del alma y del espíritu como lo hará él, porque sólo él es la vida verdadera, es la única fuente inagotable de vida que nos separa de los límites de la muerte. Es el alimento eterno que nutre, regenera y bendice, no sólo al que busca y come, sino también a aquellos que lo reciben de nuestras manos cuando lo compartimos.

¡Arriba los corazones! Vayamos todos al pan de vida, que es fuente de gloria eterna, de fortaleza y de alegría. (Canto y Fe, Nº138)

Soraya Aideé Pereyra

Mateo 15,1-20; Juan 6,41-52

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