Sábado 18 de agosto

 

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Jesucristo se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados; y no sólo los nuestros, sino los de todo el mundo.

1 Juan 2,2

Cierto día, Patricia juntó todo su coraje y se presentó en el despacho de su padre, pastor, para hacerle una consulta que desde tiempo la venía ocupando.

“Papá: tú siempre dices que Dios nos perdona nuestro pecado. ¿Estás seguro de que eso es cierto?”

“Pero por supuesto, hija mía. Dios envió a su Hijo a este mundo para que a través de su muerte y resurrección nuestros pecados quedaran perdonados. Estoy absolutamente convencido de que así es. Y desearía que también tú lo pudieras creer.”

“Entonces, papá, no es tan grave si hacemos algo que no está bien. Si Dios igual nos perdona, entonces, en realidad, podemos hacer lo que a nosotros nos parece.”

“Muchos piensan así, hija mía. Y actúan de esa forma. No ponen demasiado esfuerzo en cumplir los mandamientos, y cuando reconocen haberse equivocado, piden perdón. Y listo. Pero la cosa no es tan así. Porque si realmente crees que Jesucristo murió y resucitó para liberarte del peso de la culpa, entonces vas a intentar con toda tu fuerza permanecer cerca de él, seguir siempre su ejemplo y cumplir con los mandamientos que él tanto defendió.”

“Ah, ahora entiendo un poco mejor. Tengo que hacer todo el esfuerzo de no hacer nada que a Dios no le gusta. Y si igualmente algo me sale mal, le puedo pedir perdón a Dios.”

“Exactamente, hija mía. Y Dios te perdonará. En eso puedes confiar plenamente.”

A ti, Señor, confesamos, nuestras culpas, nuestros pecados. A ti, Señor, imploramos tu perdón y tu amor al humano. (Canto y Fe Nº 119)

Annedore Venhaus

1 Juan 2,1-6