Sábado 20 de enero

 

 

Guardarás el sábado para santificarlo, como Jehová, tu Dios, te ha mandado.

Deuteronomio 5,12

Llama la atención que el mandamiento sobre el día de reposo aparezca en el mismo orden de importancia que la prohibición de matar y de robar (Deuteronomio 5,17.19). De la misma manera también llama la atención que entre los diez mandamientos no haya uno que ordene trabajar. El trabajo era algo que se sobreentendía. El descanso, en cambio, no.

Por eso la necesidad de reglamentarlo.

Dios vio que es necesario asegurar que los hijos y las hijas, las esclavas y los esclavos, las personas extranjeras, los animales descansen al igual que los propietarios y los amos (5,14). Y que ese descanso sirva para recordar y rememorar las maravillas que él hizo al liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto (5,15). Por eso el día de reposo es para recordar lo que Dios hizo en el pasado y continúa haciendo hoy. El día de reposo es para que mantengamos siempre presente que no vivimos de nuestro trabajo ni de nuestras obras, sino tan sólo por la misericordia y la gracia de Dios. Somos tan orgullosos de nuestras propias obras, que esas obras van ganando poder sobre nosotros y nos llevan a olvidarnos de Dios y del prójimo. Por eso Dios vio que es necesario el mandamiento del día de reposo. Lo necesitamos para hacer un “parate” y reconocer que Dios es el proveedor generoso, el único dueño y Señor de la vida, de la tierra y de lo que hay por encima y por debajo de ella. Lo necesitamos para despejar nuestra mente y clarificar nuestros pensamientos, para evaluar y reorientar nuestras decisiones y nuestras vidas. Dios nos dice que el día de reposo es tan necesario como no matar y no robar. Que reposen las personas para gloria de Dios, que reposen los animales de trabajo, que repose y descanse la tierra para que rejuvenezca y sea cuidada adecuadamente (Entonces la tierra disfrutará de sus días de reposo… Levítico 26,34).

El descanso y el reposo consagrado a Dios como un vivir y experimentar, en la alegría y hermandad de la convivencia humana, la presencia amorosa, creadora y liberadora de Dios hoy en medio nuestro. Que así sea, ahora y siempre.

Pedro Kalmbach 

Deuteronomio 5,1-22