Sábado 22 de febrero

 

En la vida cristiana, ni el hombre existe sin la mujer, ni la mujer sin el hombre. Pues aunque es verdad que la mujer fue formada del hombre, también es cierto que el hombre nace de la mujer; y todo tiene su origen en Dios.

1 Corintios 11,11-12

Nadie, por más “progresista” que se crea, se puede librar totalmente de las mochilas que nos cargan el hogar, la educación, la calle, los medios, la sociedad en general, las ideologías. A veces, en esos intentos de deshacerse de ciertas ideas, nos pasamos de rosca como quien dice y repetimos los errores desde el otro extremo. Es que los extremos se tocan.

Pablo se formó en un mundo cultural con determinadas ideas sobre los hombres, las mujeres, las criaturas, los ancianos, las jerarquías en la familia y en la sociedad. Diversos elementos de esa mochila cultural asoman en sus escritos, lo cual es totalmente lógico. Lo sorprendente es que en ocasiones supera brillantemente los condicionamientos de su formación y hace aseveraciones realmente grandiosas.

Hablando de ciertas ideas y prácticas religiosas de su entorno, de repente el apóstol hace una afirmación extraordinaria que relativiza todos esos conceptos y costumbres de los que estaba hablando y que muchos tenían en gran estima. Anula la escala de jerarquía o dominio del varón sobre la mujer. Queda atrás la discusión sobre cubrirse o no la cabeza, cortarse o dejarse crecer el cabello y cosas similares. Lo que afirma Pablo es un golpe directo a toda pretensión de superioridad. Pablo afirma la dignidad igual del hombre y la mujer. No existe el varón sin la mujer ni la mujer sin el varón. Cualquier afirmación con-

traria no tiene sentido, pues el origen de todo radica en Dios.

Aún tenemos mucho por aprender en esta marcha hacia la equidad, en pleno respeto, aceptación y amor. Sin duda, Pablo nos puede ayudar con su afirmación. Está en nosotros poner en práctica esas palabras y convertirlas en camino de vida.

René Krüger

1 Corintios 11,2-16