Sábado 23 de junio

Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón. Luego le devolveré sus viñas y convertiré el valle de Acor en puerta de esperanza para ella. Allí me responderá como en su juventud.

Oseas 2,14-15

Lo que leemos arriba es una alegoría. El profeta pone a Dios como el marido que ha sido engañado por su esposa, es decir, el pueblo de Israel que en lugar de amar a Dios, que le ha dado toda clase de beneficios, prefiere amar a los dioses cananeos. El marido entonces echa a su esposa y “le corta los víveres”; en otras palabras: Dios no le hace prosperar al pueblo sus cosechas y transforma a Israel en un desierto. Pero Dios no puede con su genio; el amor por su pueblo puede más, y decide volver a enamorarse de su pueblo; le hablará a su corazón y le devolverá las cosechas. Abrirá la posibilidad de una nueva esperanza; esperanza para el pueblo, pero asimismo esperanza para Dios. Con certeza apuesta a una respuesta positiva de su pueblo.

Este paradigma se repite una y otra vez a lo largo de la historia del pueblo de Israel y también del pueblo cristiano hasta nuestros días. Eso es lo grande de nuestra religión, que gracias al infinito amor de Dios, que es misericordioso y perdona nuestras deudas sin pedir nada a cambio, y busca siempre de nuevo estar en comunión con los suyos, permite que siempre de nuevo podamos reiniciar nuestras vidas, nacer de nuevo; podamos encarar un nuevo comienzo sin agobiantes deudas, en libertad y sabiendo que Dios no nos rechaza, no nos abandona, porque a pesar de todo sigue enamorado de su creación.

Federico Hugo Schäfer

Oseas 2,4-15