Sábado 24 de junio

 

 

Oí además una voz que me decía: “Pedro, levántate, mata y come.” Yo respondí: “No, Señor, porque nunca he comido nada que sea común o impuro.” Pero desde el cielo la voz me dijo la segunda vez: “Lo que Dios ha limpiado, no lo llames tú impuro.”

Hechos 11,8-9

Pedro, en medio de una visión, se defiende diciendo que él era muy respetuoso de las tradiciones que no permitían consumir nada impuro. Nosotros crecimos con la costumbre de no comer carne roja el Viernes Santo, y con respecto a esto me dejó pensando la frase de un locutor de radio de la zona que dijo: “Conozco algunos explotadores que creen que por comer pescado en Viernes Santo, Dios les va a perdonar todo”.

¿Dónde está la pureza que agrada a Dios? ¿Acaso en la comida, en la vestimenta, en la forma de adorarlo? El mismo Jesús nos lo contesta en Juan 4,24: Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo de un modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios. Jesús vino para liberarnos de las ataduras irrompibles de los tantos preceptos (leyes y reglamentaciones) con los que se regía su pueblo en el Antiguo Pacto (Antiguo Testamento). Jesús vive y reina junto a su Padre en el cielo para que, a partir de ahora, nuestras oraciones no necesiten intermediarios terrenales y pudiéramos llegar a él, y él pudiera estar con nosotros siempre.

Donde está el espíritu de Dios hay libertad, para que libremente lo podamos elegir entre tantas opciones. En Dios no hay nada impuro, y podemos libremente disfrutar de nuestra vida, dando gracias por tener el privilegio de poder servirlo con nuestros dones y talentos.

Busquemos a Dios a diario, pidiéndole la purificación de nuestros pensamientos y acciones impuras que tanto daño causan a sus criaturas y su Creación. Dios hace posible lo imposible, hace que lo poco que somos a sus ojos y lo impuro de nuestras vidas se transforme en mucho y seamos purificados en la gracia de su presencia.

Fabián Pagel

Hechos 11,1-18