Sábado 26 de enero

 

Lo exterior no hace judío a nadie, y estar circuncidado no es una señal externa solamente. El verdadero judío lo es en su interior, y la circuncisión no es la literal sino la espiritual, la del corazón. El que es judío de esta manera es aprobado, no por los hombres, sino por Dios.

Romanos 2,28-29

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Palabras parecidas podría decirlas el apóstol a los que, por haber sido bautizados, se sienten seguros de su ser cristianos. Porque, ¿es el bautismo indicador suficiente de que alguien es realmente cristiano? Incluso, como en la circuncisión, la que generalmente se les aplica los recién nacidos, la mayoría de los bautismos en nuestras iglesias se realizan con niños pequeños.

De hecho, las congregaciones o sus pastores se jactan a menudo de haber bautizado a “tantos” niños. Yo mismo siento haber aceptado bautizar a niños cuyas familias luego desaparecieron de las actividades de la iglesia.

Desde ya que el bautismo no es obra de la pastora o del pastor. Es el nuevo nacimiento que solamente lo obra Dios mismo. La pregunta es si tenemos derecho de obligar a Dios a hacer algo de lo que nosotros mismos no estamos convencidos.

Pero, yendo a quienes, bautizados, reflexionamos acerca de esto: preguntémonos y analicemos si nosotros mismos nos sentimos renovados espiritualmente. Si nuestro bautismo se manifiesta en nuestra vida o si solamente ha sido un lavamiento externo. Y, ahora sí, hablando propiamente del bautismo, el apóstol dice: ¿no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

Vida nueva, vida de bautismo, es que Cristo se manifieste a través de nuestra vida, a través de nuestros actos, a través de nuestra relación con el prójimo. Y entonces también seremos aprobados por Dios.

Dieter Kunz

Romanos 2,17-29