Sábado 4 de noviembre

 

 

Si el justo deja de hacer lo bueno y hace lo malo, morirá por culpa de sus malas acciones. Por el contrario, si el malvado se aparta de la maldad y hace lo que es recto y justo, salvara su vida.

Ezequiel 18,26-27

¿Alguna vez pasó usted situaciones en las que no se sintió digno de Dios? ¿Alguna vez sintió que, por el contrario, se cree que puede resolver temas sin Dios o mejor que Dios?

Pasa que en el caminar de nuestra vida cristiana caemos en las figuras del “malvado” o del “justo”. Y para ambas situaciones nuestro Padre nos alienta y nos da consejo.

Por un lado, cuando nos sentimos  víctimas (“por qué me toca esto a mí”, “yo no elegí esta situación y no sé cómo salir”), estamos desanimados, nos cerramos y alejamos de Dios. Pero él siempre nos abre una puerta y nos llama a volvernos a él, sin importar la gravedad o maldad de nuestras acciones. Él vino para recuperar y sanar a los “malvados” y regalarles vida eterna. Tantas veces en la Biblia vemos estas situaciones, como en Pablo, que perseguía a los cristianos o María Magdalena, que ejercía la prostitución. Por más aberrantes que sean las cosas que hagamos, si nos reconciliamos con Dios, él hará fiesta por nuestro regreso.

Por otro lado, muchas veces, lejos de estar deprimidos o miedosos nos volvemos soberbios. Creemos y sentimos que por ser cristianos hace tantos años, cumplir una rutina y tradiciones, no haber cometido delito alguno y tener predisposición para ayudar, ya somos merecedores del reino de Dios, somos “justos”. Pero no nos damos cuenta de que esta actitud en realidad nos aleja de Dios, inclusive nos hace prescindir de él. Y en esto, Dios nos advierte para que no dejemos de hacer lo justo ante él, y no lo que nos parece justo a nosotros.

“Dios maravilloso, ponemos nuestra vida delante de ti, mostrándote con claridad y transparencia qué cosas nos desaniman y nos hacen sentir despreciables, y qué cosas nos hacen actuar con soberbia y prescindir de ti. Te pedimos que con tu Espíritu nos limpies, nos llenes con tu luz donde hay oscuridad, y nos regales tu humildad, que nos hace grandes de verdad, Amen”.

Martin Vogel      

Ezequiel 18,1-3.20-32