Sermón para Trinidad sobre Juan 16:12 – 15, por Estela Andersen

En el relato de la creación de Génesis 1, Dios se presenta como el Dios de la Palabra. A través de ella no sólo va creando el mundo sino que, a partir de sentirse satisfecho por su obra, expresa este sentimiento “y vio Dios que era bueno”.

A través de la Palabra, Dios se presenta a su pueblo y le da leyes a seguir. Se comunica constantemente con él, diciendo lo mucho que lo ama pero también reprendiéndolo, de ser necesario. Dios es un Dios comunicativo.

En el Nuevo Testamento Jesús, el Hijo de Dios, nos cuenta cómo es Dios, qué es lo que espera de nosotros y nosotras y nos hace la promesa de la vida eterna. El evangelio según Juan presenta a Jesús directamente como la Palabra hecha carne.

Pero Dios no sólo se comunica con nosotros a través de la Palabra hablada y escrita, y se hace carne en Jesús, teniendo así la posibilidad de palabras que salen de boca humana, en un idioma específico, sino que se expresa a través del lenguaje corporal: abraza, llora, revolea los puestos por el aire cuando se enoja con los mercaderes del templo. No nos olvidemos aquella vez que le presentan una mujer sorprendida en adulterio, en donde no dice ninguna palabra, sino que expresa su sentir agachándose y escribiendo en el suelo.

Jesús no solo se expresa con palabras y de todas las formas posibles a través de su corporeidad, sino que espera que nosotros también hablemos, seamos la boca humana en un idioma específico, que comuniquemos a nuestro entorno quién es Dios, cómo es, qué espera de nosotros y, por supuesto, su promesa de liberación y vida en abundancia. De hecho nos envía a proclamar su mensaje de salvación a todas las naciones.

Y así, en este breve recorrido por las Escrituras llegamos al punto que hoy nos presenta el texto que estamos compartiendo.

Una vez que han comido su última cena juntos, Jesús y sus discípulos, como era su costumbre, conversan sobre diferentes temas. Pero esta vez Jesús tiene la preocupación de saberse cerca de su muerte y su resurrección, y desea que al menos sus amigos y amigas se mantengan unidos, y en esa unión puedan mantenerse firmes. Sabe que no va a ser fácil, que van a tener miedo, desconfianza. Por eso busca anticipar todo lo posible lo que va a suceder… pero sabe que no van a entender demasiado de lo que les diga, porque es imposible para la mente humana captar totalmente la historia de la salvación.

Es en ese contexto en donde dice: “Mucho tengo todavía que decirles, pero ahora no pueden con ello”. Es tan grande lo que va a suceder, tan traumático y espectacular al mismo tiempo, que es imposible para él transmitirles con palabras para que ellos y ellas entiendan. No va a quedar otra que vivan la experiencia, y ni aún en la experiencia la capacidad humana, nuestro intelecto, es capaz de entenderlo en su totalidad. Por eso promete una ayuda, “el Espíritu de la verdad que les guiará hasta la verdad completa”, lo que llamamos Espíritu Santo. Este Espíritu, que viene de Dios y es Dios, es el que nos explica, o que nos permite comprender y aceptar aquello que solos, a través de nuestra mente limitada, jamás podríamos captar.

Dios, que en principio tiene la necesidad de comunicarse y desea comunicarse con nosotros y nosotras, simples seres humanos, parte de su creación, porque es el Dios de la Palabra, envía a su Hijo, la Palabra hecha carne, para que lo conozcamos a través de él, pero a la vez, para que podamos entender su mensaje en toda su dimensión. Una vez que Jesús cumple su misión redentora, envía su Espíritu sobre nosotros y nosotras para explicarnos todo.

¿Cómo puede Jesús explicar todo esto a sus amigos y amigas? ¿Cómo, si nosotros, que vivimos la historia consumada y estamos bajo la fuerza del Espíritu, nos cuesta entenderlo? ¿O será que más bien no se trata de entendimiento o comprensión humana, sino una cuestión de fe, como dice Lutero?

Hoy estamos celebrando la Santísima Trinidad. Estamos recordando y reflexionando acerca de nuestro Dios en tres personas, que ha buscado esta forma para comunicarse con la humanidad, la que puso como corona de la creación, para que la cuidásemos y seamos sus herramientas para ello.

Una de las características principales de ese nuestro Dios, es el de ser comunicativo, de hablar constantemente consigo mismo y con su creación. A nosotros nos creó a su imagen y semejanza, por eso es que los seres humanos tenemos la capacidad y la necesidad de comunicarnos desde que nacemos. Nos expresamos de muchas formas diferentes, pero somos llamados a comunicarnos con las palabras, de expresar con ellas lo bueno y lo malo.

Cuando el Espíritu Santo es el que nos guía, nuestras palabras no son solo nuestras, sino que Dios habla por nuestra boca. Es entonces que a través de palabras de sabiduría podemos lograr el encuentro, el entendimiento, la paz.

Si somos cristianos y cristianas, y vivimos una vida de fe, jamás deberíamos utilizar otra herramienta que las palabras para entendernos, pero palabras inspiradas, palabras buenas. Ni los gritos, ni las discusiones acaloradas deberían ser parte de la vida del cristiano, y menos aun la imposición a través del golpe, de la violencia física.

Creer en la Trinidad nos obliga a replantearnos nuestra capacidad de diálogo, de comunicación. Si creemos en un Dios que dentro de sí mismo es comunicativo: “El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes”, como creados y creadas a su imagen y semejanza, deberíamos ser comunicativos y comunicativas.

La pregunta necesaria es ¿lo somos?

Muchas veces no, incluso dentro del ámbito de la Iglesia. Esperamos que nuestros hermanos y hermanas, la gente que nos rodea, nos interprete en vez de expresar claramente lo que pensamos o sentimos.

Comunicación es diálogo, esto implica una interacción, por lo que no podemos considerarnos comunicativos cuando simplemente comunicamos algo o buscamos imponer nuestro pensamiento, nuestras ideas. La interacción exige de mí que escuche lo que el otro tiene para decirme y seguramente cambiar en parte mi postura, mi punto de vista.

Muchas veces no podemos con las situaciones que nos toca vivir. Es en esos momentos en que podemos aprovecharnos de la particularidad de nuestro Dios, un Dios comunicador, un Dios del diálogo, para charlar con El, dialogar con El, consultar para que nos de claridad, que nos guíe a la hora de decidir el camino a tomar. Esto es lo que llamamos oración.

La oración es parte importante de nuestra relación con Dios, es cuando nos comunicamos con El, cuando hablamos y nuestras palabras expresan nuestros pesares, preocupaciones y temores, pero también agradecimiento, alabanza y alegría.

¿No es maravilloso que tengamos un Dios Trino? Un Dios que se expresa y se presenta de tres formas distintas pero siendo Uno, y de esta manera nos permite estar unidos a Él.

Pero todavía nos falta una cosa más, aunque arriba tocamos un poco el tema: la misión que Jesús nos dejó, de comunicar esto mismo, de transmitir a todas las generaciones el mensaje de paz, de amor, de misericordia y de perdón de un Dios que se hizo uno de nosotros, murió y resucitó para hacernos hijos e hijas de Dios, una humanidad hermanada en Cristo. Esa es nuestra tarea, Dios nos da de su Espíritu, pero nosotros y nosotras tenemos que poner el cuerpo y nuestras bocas.

En un tiempo de tanta violencia verbal, de tantos insultos y malas palabras naturalizadas, como cristianos y cristianas podemos hacer la diferencia. En un tiempo de tanto fanatismo, intolerancia y monólogos, como cristianos y cristianas podemos llamar al diálogo, y hacer la diferencia. El Espíritu de Dios nos guiará y nos dará las palabras acertadas para ser verdaderos embajadores de paz. ¡Que Dios los y las bendiga! Amén.

Pastora Estela Andersen
Bahía Blanca, Buenos Aires

Fuente: http://www.predigten.uni-goettingen.de/