Sermón sobre Juan 9:1-41, por Roberto Oscar González

 

25 Pero él respondió: «Si es pecador, no lo sé; lo que sí sé, es que yo era ciego y ahora veo.» 

El evangelio relata una especie de drama entre los vecinos del lugar donde el ciego solía pedir limosna, los fariseos que eran un grupo de judíos piadosos y cumplidores de la ley y también había “judíos” en general. Hasta los padres del ciego son involucrados en el drama.

Se trata de un verdadero «drama teológico», simbólico, de una gran belleza literaria. De ninguna manera se trata de la crónica cuasi periodística de un hecho histórico. No olvidemos que es Juan quien escribe, y que su evangelio se mueve siempre en un alto nivel de sofisticación, de recursos simbólicos y a la insinuación indirecta.

En este «drama teológico» de Juan, el ciego se convierte en el centro. Todos se preguntan cómo es posible que un ciego de nacimiento sea ahora capaz de ver. Sospechan que algo grande ha sucedido, preguntan por el que ha hecho ver al ciego, pero no llegan a creer que Jesús sea la causa de la luz de los ojos del ciego. Un simple hombre como Jesús no les parece capaz de obrar tales maravillas. Menos aun habiéndolas obrado en sábado, día sagrado de descanso que los fariseos guardaban de manera escrupulosa. Y menos aun siendo el ciego un pobretón que pedía limosna al pie de una de las puertas de la ciudad. Todos interrogan al pobre ciego que ahora ve: los vecinos, los fariseos, los jefes del templo. Jesús se encuentra con él, solidariamente, al enterarse de que lo han expulsado de la sinagoga.

En este nuevo encuentro con Jesús el ciego llega a «ver plenamente», a «ver» no sólo la luz, sino la «gloria» de Dios, reconociendo en él al enviado definitivo de Dios, el Hijo del hombre escatológico, el Señor digno de ser adorado… Ese es el mensaje que Juan elabora y nos quiere transmitir narrando un drama «teológico» –como es su estilo– más que afirmando proposiciones abstractas, como hubiera hecho si hubiera sido de formación filosófica griega.

Al final del texto las palabras que Juan pone en labios de Jesús hacen explotar el mensaje teológico del drama: Jesús es un juicio, es el juicio del mundo, que viene a poner al mundo patas arriba: los que veían no ven, y los que no veían consiguen ver. ¿Y qué es lo que hay que ver? A Jesús. Él es la luz que ilumina.

De manera; ¿qué significa hoy para nosotros? Lo mismo, sólo que a 20 siglos de distancia. Con más perspectiva, con más sentido crítico, con más conciencia de la relatividad (no digamos “relativismo”) de nuestras afirmaciones, sin fanatismos ni exclusivismos, sabiendo que la misma manifestación de Dios se ha dado en tantos otros lugares, en tantas otras religiones, a través de tantos otros mediadores. Pero, sobre todo, con la misma alegría, el mismo entusiasmo, el mismo amor y el mismo convencimiento.

Nuestras hermanas y hermanos de las iglesias ortodoxas, celebran la “Gran Cuaresma” diría yo… “a raja tablas”. Cuarenta días de severo ayuno, es decir nada de comida animal ni de sus derivados. Durante estos 40 días oran o rezan, tres veces por día, de rodillas, besando el suelo cuarenta veces, en fin… Esto nos puede resultar extraño, raro, exagerado; pero esta observancia litúrgica, no solo está reservada a las y los monjes o al clero en general sino también a toda la comunidad, lo más significativo e importante es que la realiza “toda la comunidad” y sobre todo, con mucha alegría; porque es una manera de preparar y esperar la Pascua.

Si pensamos que Cuaresma es tiempo de oración y reflexión, estamos de acuerdo; pues, Cuaresma es el milagro de los ojos abiertos, es « ver la Luz de Cristo» que se aproxima; es ver que un mundo nuevo y personas nuevas son posibles; por la fuerza del mensaje liberador de Jesús; pues justamente, ese mensaje ilumina nuestros corazones por la fe, es la luz que con mucha alegría compartimos.

Hay cosas en nuestra caminata cristiana que todavía no sabemos o conocemos pero una cosa si testificamos con seguridad “antes éramos personas ciegas y ahora vemos”

Oración…

Amoroso Señor, que en esta Cuaresma, nos abras los ojos para que descubramos la hermosura de tu creación y la grandeza de tu amor, ayúdanos a ser luces en el mundo y así colaborar contigo, para que todas las personas puedan alegrarse en tu vida y ver la luz radiante de tu mensaje. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Roberto Oscar González