Sermón sobre Lucas 16:19-31, por Jorge Weishein

Gracia y paz de parte de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes.

La historia que escuchamos hoy de la boca de Jesús es una historia terrible. Una persona «cuando llega al otro lado» se da cuenta que hizo todo mal, y ya es tarde -tarde para reparar todos los daños ocasionados, tarde para volver a empezar, tarde para ayudar a otros «a que hagan el clic» que necesitan hacer en sus vidas, especialmente, su propia familia. Acompañar a personas en su lecho de muerte con esta inquietud es terriblemente doloroso, por un lado, por la tremenda angustia que vive la persona; pero, por otro lado, es motivo de enorme agradecimiento a Dios, que aún en esa hora, con todo lo que significa dejar de vivir, que esta persona pueda ver que todo cuanto estuvo juntando ya no le puede ofrecer más nada, especialmente, salvación y paz que es lo que más necesita en ese momento, la lleva a una actitud de enorme humildad, resultando, a veces, una enseñanza muy grande para sus propios descendientes, familiares o amigos.

El caso que presenta Jesús, no fue así. Esta persona jamás creyó necesitar que nadie le diga lo que tiene que hacer, jamás dudó de sus placeres ni de sus actitudes. El buen pasar económico lo condujo a la soberbia de creer que si tenía todo, y más de lo que necesitaba, es porque estaba haciendo las cosas bien. Aún en su lugar de castigo cree poder decirle al mismísimo Abraham, el gran patriarca del pueblo de Israel, que le mande a Lázaro a que le sirva un poco de agua. Aquí está el quid de la cuestión.

El rico cree que Abraham sí es un interlocutor que está a su altura, pero hablarle a un pobre, a ese pobre que vivió de sus migajas, es caer demasiado bajo. El rico sigue creyendo que es una persona honorable que merece tanto la atención de Abraham como el servicio de Lázaro. Resulta llamativo que el rico no tiene nombre. Conforme la forma de leer la Biblia de los fariseos la riqueza era una bendición de Dios, y la pobreza era producto del castigo de Dios por la impureza de la persona. «¡Si sos pobre, por algo será!» ¿Algo parecido se sigue escuchando todavía, por ahí, no? Bueno, míren de dónde viene. Esa frase justificó barbaridades en todas las historias de todos los pueblos. Jesús está totalmente en contra de esto, le parece una barbaridad, un argumento religioso absurdo de los propios ricos para justificar la injusticia que ellos mismos cometen.

La otra cosa terrible que nos muestra Jesús, es que el rico sabía como se llamaba este hombre, pero él jamás lo hubiera llamado ni tocado porque le «daba asco» y hasta usaría la religión para justificarse diciendo que no podía tocar a «ese sarnoso» porque tendría que hacer penitencia y quedarse sin poder hacer fiestas con «sus amigotes». Para el rico «ese tipo» no existía, ni siquiera era una persona. Abraham dice que Lázaro quería llenarse con las migas que caían de la mesa, «quería llenarse … con las migas que caían de la mesa» Lázaro no pretendía sentarse a la mesa, sino comer aunque sea de las sobras, pero se quedó con las ganas. Discépolo (músico y autor de tangos) diría «De chiquilín te mirarba de afuera como a esas cosas que nunca se alcanzan», pero Discépolo encontró en el cafetín un hogar y una escuela. No fue esta la experiencia de Lázaro.

La otra cosa que aprendemos con esta historia es que el principio de la justicia de Dios lo lleva a preguntar si la persona puso su vida al servicio de los demás o si, solamente, vivió para su propio beneficio. Es decir, no solamente se tiene en cuenta sus frutos, sino especialmente, si supo compartir sus frutos, servir de alimento y de sostén a otras personas. Aquí es donde la justicia de Dios reproduce el abismo que nosotros mismos generamos entre nosotros como sociedad. El abismo que separa al rico de Lázaro es el abismo que el propio rico creó con el pobre. El rico fue al lugar de los muertos a sufrir tormentos – el pobre fue al paraíso para ser un ángel junto a Abraham.

Usted, tal vez, se pregunte: «bueno, ¿pero, no hay algo intermedio?» No. En el más allá no hay medias tintas. Lo único que hay en el medio es el amor, el amor que el rico no supo practicar, el amor que Lázaro necesitó. ¿Y Dios no tiene misericordia con los ricos? NO; es más, (…) con los pobres tampoco. La condición social no es mérito para ningún trato especial. Eso es, justamente, lo que piensan muchos ricos. Dios es, especialmente, misericordioso con las víctimas de aquellos que no aman tanto a su prójimo como se aman a si mismos, pero pretenden, sin embargo, el amor de Dios. Para caer en esta tentación alcanza con ser humano. Para ser sujeto de la misericordia de Dios, también. El amor de Dios se comunica a través de su palabra. Aún en el más allá existe un diálogo posible entre los extremos, pero la diferencia fundamental es que en esa circunstancia la decisión y el resultado ya depende, solamente, de Dios y su palabra. A partir de ese momento, nuestra oportunidad, ya pasó, ya la tuvimos. De ahora en más las cosas están completamente en las manos de Dios. La muerte no es ajena a la realidad de Dios porque Él sigue siendo Dios padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra. No hay realidad creada -aún siendo que ésta se rebele a su voluntad – que no pueda ser subordinada a su poderosa misericordia.

El único criterio de justicia es la misericordia. Esto es lo que el rico no entendió nunca. El rico está sufriendo por no haber podido reconocer el amor de Dios como única verdad tanto en la vida como en la muerte. El rico todavía en la muerte se sigue manejando como vivió siempre, sólo que ahora que está pasando mal, pretende que Dios lo tenga, especialmente, en cuenta. El problema es que en la muerte ya no hay títulos ni condiciones, ni beneficios: sólo hay lugar para el amor de Dios. Nuestros actos nos juzgan, permanentemente, a lo largo de toda la vida y, por lo que vemos, aún en la muerte seguimos siendo juzgados, pero el veredicto final está en manos de Dios. Nuestra más profunda esperanza es que nuestros tiempos no son los tiempos de Dios, que nuestra vida no es la vida de Dios y que el amor que conocemos entre nosotros no es el amor de Dios. Esto llevó a decir a Pablo a los corintos que tres cosas eran importantes: la fe, la esperanza y el amor, pero la más importante de todas era el amor.

¿Cuál es la enseñanza de esta parábola de Jesús? Primero, en la vida podemos elegir cómo queremos vivir. En la muerte ya no hay vuelta de hoja. No queda más que someterse a la voluntad de Dios. Segundo, en la vida podemos vivir como se nos da la gana, pero llega la hora en que nos corresponde hacernos cargo, porque nadie puede vivir como se le da la gana sin vivir a costa de otros que sufren sus abusos, su falta de solidaridad, su irresponsabilidad. Tercero, podemos vivir haciendo lo que se nos canta sin que nos importe nada ni nadie, pero al sentar cabeza vamos a empezar a ver nuestro alrededor y podemos ver que, incluso, a las mismas personas que más nos aman y amamos, las estamos condenando con nuestros propios actos. Cuarto, somos responsables los unos por los otros, especialmente, por los más pobres que están a la puerta de nuestra casa y nos tocan el timbre a nosotros. Quinto, no hay solamente un juicio de Dios después, ya ahora hay un juicio de Dios que está en marcha, todos sabemos más o menos lo que hay que hacer; uno se podrá hacer el oso todo lo que pueda y quiera, pero todos sabemos más o menos por donde va la cosa. Sexto, nuestras propias convicciones y opciones de vida nos lleva a condenarnos frente a nuestro prójimo y frente a Dios. Séptimo, la vida no es cumplir leyes por las dudas no sea que la Biblia tenga razón, la vida es para vivirla y disfrutarla, pero -he aquí el detalle – la vida es para vivirla y disfrutarla entre todos. Octavo, el amor de Dios es de Dios. No es nuestro. Sólo Dios puede superar la distancia que hay entre Dios y nosotros.

Muchos pueden estar escuchando y decir: «Bueno, pero, ¿y a vos quién te dice que eso es así? ¿Por qué tengo que creer que esto es verdad?» ¡Cuidado! Vos no tenés que creer. Vos podés seguir haciendo la tuya. ¿O, acaso, a vos alguien te dijo que tenés razón? ¿Quién? ¿Tus amigotes? Todo bien. La cuestión es que te estás jodiendo la vida creyendo que sos re vivo y a los ojos de Dios sos un gil. Un gil que, encima, le está jodiendo la vida a los demás, porque en realidad, para los demás, que vos vivas o no vivas, es exactamente lo mismo porque tu vida no le aporta nada a nadie, al contrario le quita, porque vivís sólo para vos y para nadie más. ¿A quién le servís? ¿Cuál es la causa principal de -la así llamada- inseguridad, los conflictos y la violencia sino, justamente, el hecho de que en la sociedad en que vivimos una gran mayoría de personas cree que puede hacer absolutamente lo que se le da la gana?

El apóstol Pablo en una oportunidad sale por distintas comunidades a reunir una serie de ofrendas para ayudar a los pobres, especialmente, en Jerusalén. Estos pobres fueron discípulos de Jesús y, justamente, por ser pobres -y encima discípulos de Jesús – la sociedad farisea y los ricos de Jerusalén tampoco los ayudaban. Pablo se va a Corinto, que era la Miami de ese tiempo, y los encara a los corintios para que les den una mano. Se cree que la comunidad con la cual Pablo intercambió más cartas fue con la de Corinto. ¿Ustedes, se imaginan por qué? Los tipos eran de terror. Cero onda. Cero integración. Cero comunidad. Cero solidaridad. La cruz de Pablo fue la comunidad de Corinto. Ellos fueron los que más «le dieron para que tenga, guarde y archive». Encima Pablo rechazó que le paguen un sueldo, él quería vivir de su laburo y no depender de las comunidades. El no quería ser una carga para la gente de las comunidades.

La comunidad de Corinto le cuestiona a Pablo que alguien de su nivel social pueda ser apóstol de Jesucristo, el hijo de Dios. Para ellos su condición social le restaba credibilidad, por eso ellos querían pagarse un apóstol propio que estuviera a su nivel. A esa comunidad Pablo le escribió las cartas más pastorales y personales que vamos a encontrar en todo el Nuevo Testamento. Pablo, inspirado en la sabiduría religiosa de su propia tradición judía [«Sabiduría de Sira o Sirácida» o «Eclesiastico», capítulo 35] le dice a esa comunidad: «Dios ama al que da con alegría» No tiene que ver con la cantidad sino con la convicción con que se da. Jesús con su parábola nos enseña que más que con la riqueza, la cosa pasa por actitud: La falta de solidaridad y de sentido común, acumular para ostentar, la obscenidad de dilapidar su riqueza delante de la cara de un pobre que vive de su propia miseria. Pero para que esta gente entienda esto Pablo necesita explicarles algo básico: Todo lo que reciben en su vida, empezando por la vida misma, es obra de Dios, ¡no de ustedes!

¡Qué lindo sería que esto que parece tan sencillo fuera real en nuestra vida cotidiana! La receta la da Jesús en la misma historia, si queremos cambiar algo de todo lo que nos pasa, escuchemos la palabra de Dios. Dejemos que el espíritu de Dios trabaje en nuestras mentes y corazones, ayudemos queriendo y deseando que Dios nos ayude a cambiar las cosas que tenemos que cambiar, para que este mundo que vivimos sea más vivible para todos, para sentirnos un poquito más en casa, en esta casa que Dios construyó para que podamos vivir todos juntos y que se llama mundo. Dios los bendiga. Amén.

Jorge Weishein

Tomado de: http://www.predigten.uni-goettingen.de/predigt.php?id=507&kennung=20071007es

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