Sermón sobre Lucas 17: 11-19, por Eugenio Albrecht

Cuentan que en un determinado pueblo había un hombre al que todos considereaban “el loco del pueblo”. Todo el mundo se burlaba de él y lo trataba como si fuera poca cosa. El “loco del pueblo” pasaba sus días en una estación de servicio, viendo pasar a la gente, no tenía amigos, ni familia. Triste y muy solitaria era su vida, pero lo más duro de todo es que esa historia es absolutamente real. Ese pueblo existe y ese hombre también.

Con esta imágen, del hombre que existe, pero que todo el pueblo hace de cuenta que no existe, vamos a compartir el Evangelio de hoy en Lucas 17: 11 – 19

Lucas 17: 11 – 19 En su camino a Jerusalén, Jesús pasó entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se quedaron a cierta distancia de él, y levantando la voz le dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» Cuando él los vio, les dijo: «Vayan y preséntense ante los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras ellos iban de camino, quedaron limpios. Entonces uno de ellos, al ver que había sido sanado, volvió alabando a Dios a voz en cuello, y rostro en tierra se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias. Este hombre era samaritano. Jesús dijo: «¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve?  ¿No hubo quien volviera y alabara a Dios sino este extranjero?» Y al samaritano le dijo: «Levántate y vete. Tu fe te ha salvado.» .
Los leprosos eran como los locos del pueblo. Estaban totalmente aislados del mundo, y encima se los consideraba culpables de su enfermedad. Socialmente se creía que las personas se enfermaban por castigo de Dios y por culpa de sus pecados. Los leprosos cargaban sobre sus espaldas un peso muy grande: el de sentirse lo peor de la sociedad y encima estaban convencido de que no tenían ningún tipo de derecho o posibilidad de vivir dígnamente. Por eso vivían aislados y lejos de todo. Estar enfermo de lepra era casi tener fimada una sentencia de muerte.

En este caso, el texto nos da testimonio de un grupo de diez leprosos que se acercan a Jesús.
Hay un dato que no nos debería pasar por alto y tiene que ver con la composición del grupo. El dato es que el grupo estaba formado por samaritanos, galileos y, naturalmente, judíos de diferentes regiones. Un grupo formado por personas de tradiciones religiosas y culturales diferentes, sin embargo reunidos en torno a la misma problemática. Recordemos la historia de enemistad que hay entre Samaritanos y judíos y sin embargo en esta ocasión, estaban juntos.
¿Los habrá unído la debilidad?. ¡Es muy probable que sea así!

Cuando las personas se sienten débiles frente a algo que les amenaza la vida, es bastante natural que desaparezcan las diferencias para buscar fortalecerse, especialmente cuando la vida y la dignidad se sientan amenazadas.

Hay muchos ejemplos de esto: podemos citar como ejemplo los primeros cristianos, que se unieron para resistir y hacer frente a la violencia y la opresión del Imperio Romano.

Eso fue lo que sucedió con este grupo de leprosos: como comunidad reunida, se acercaron a Jesús, pidiendo que tenga compasión de ellos. Jesús los recibió y los envió al sacerdote, para que sea el sacerdote el que los declare libre de enfermedad y por lo tanto puedan volver a ser gente. El sueño de dejar de ser los “locos del pueblo” estaba en marcha.

La comunidad de débiles se reunió ante Jesús y, como comunidad clamaron juntos. Jesús le respondió del mismo modo, a cada uno en particular, pero a la comunidad reunída. Después de esto, los diez se dirigieron hacia el sacerdote.

Una parte muy decisiva de este texto, se da en el momento en los diez leprosos que se dan cuenta que habían sido sanados. Uno puede imaginarse la emoción y la tremenda alegría de mirarse y verse liberado de un mal que los había aquejado durante tanto tiempo. Se ven liberados, limpios, perdonados, revonados. Ya no eran más los locos del pueblo, ahora volvían a ser personas.

Cuando uno encuentra liberación a la condena y respuesta a la pregunta, libertad a la opresión, perdón al error… uno vuelve a vivir y se sana también el alma.

Cuando los diez leprosos son sanados ¿Qué sucede inmediatamente despues?: de ese grupo de diez débiles, solamente uno regresa a Jesús para dar gracias a Dios. Los demás se fueron, cada uno por su lado, porque ya se sentían con fuerza propia suficiente.

Cuando se sintieron fuertes, comenzaron a darse cuenta nuevamente que eran diferentes y priorizaron exactamente eso. El judío para su lado, el galileo por el otro, el samaritano para el suyo… y cada uno a sus cosas. Ya no se sentían débiles y por lo tanto no necesitaban a los demás, ya no necesitaban a Dios.

¿Será que necesitamos sentirnos débiles para buscar la comunión y el encuentro con los demás?

De los diez que clamaron, solo uno de ellos regresó a Jesús. Los demás se sintieron fuertes y, una vez curados, volvieron a valorarse tanto a si mismo que no pudieron dar el brazo a torcer.

Aún así podría haber el que cuestiona diciendo ¿Cuál es el problema de que nueve no hayan regresado? Porque Jesús tampoco había les pedido que lo hagan.

El que regresa, lo hace por propia iniciativa y en reconocimiento a lo que había sucedido en su vida y en ese regreso, terminó descubriendo algo increible, porque cuando Jesús lo vio regresar, ya sano, recuperado, con una nueva vida, trayéndo consigo toda la alegría de haber recibido mucho, Jesús le dice que su fe lo había salvado.

La diferencia parece impercetible, pero es importante: los nueve que se fueron y no supieron reconocer la acción de Dios en su vida, fueron sencillamente sanados, mientras que el que volvió a Jesús agradecido, recibe el anuncio de la salvación. “Tu fe te ha salvado”, tal como le dice Jesús.

Es fácil buscar a Dios cuando nos sentimos débiles y tenemos problemas, pero ¿Qué pasa cuando nos sentimos fuertes y fortalecidos y nos va bien?

Muchas veces las personas preguntan ¿por qué vas a la iglesia? ¿Qué ganas en la iglesia?

Una vez leí un cartel que decía: “si no vas a la iglesia porque son puros hipócritas, recuerda: la iglesia es un hospital de pecadores no un museo de santos”.

Queridos hermanos y hermanas: tal como dice el cartel, la iglesia no es el lugar de los santos, sino el espacio en el que celebramos en comunidad y nos encotramos con Dios para recordar, una vez más, que a pesar de las diferencias, somos parte de un mismo cuerpo. El lugar en el que podemos reconocer nuestro pecado y, a su vez le pedimos que nos ayude a cambiar, pero también es el lugar en el que podemos hacer un balance y agradecer todo lo que Dios ha hecho en cada una de nuestras vidas. Reconocer qué fue lo que Dios hizo para cada uno de nosotros, esa semana, ayer, hoy, en este tiempo.

Así como ese hombre, que volvió solo para dar gracias por la acción de Jesús, nosotros somos invitados a reconocer, que aun cuando nos sentimos fuerte, aun cuando no hay ningún problema, aun cuando las cosas van bien, la gracia de Dios nos alcanza en las cosas cotidianas. Y Cuando nos va mal, el amor de Dios es lo único que es capaz de sostenernos y ponernos de pie.

Para finalizar vale la pena mirar otra vez ese grupo de leprosos. Si en nuestras acciones representamos a los nueve, esos que cuando vieron que sus cosas estaban todas más o menos bien, o si somos capaces de tener la actitud de regocijo que tuvo ese único hombre, que regresó agradecido y totalmente colmado.

Recordemos que los nueve fueron sanados, mientras que aquel que volvió recibió el anuncio de salvación.

El hombre que regresa a Jesús no tiene como único objetivo, el de esperar a que Dios le cumpla sus deseos, sino que también reconoce lo que Dios hizo en su vida. Regresar a Dios es lo que nos salva y no solo venir a alimentarnos un rato. Regresar a Dios es lo que nos salva. Nos hace personas íntegras. Nos hace volver a mirar nuestras vidas, no simplemente como personas que consumen fe, sino como parte de una comunidad y el cuerpo de Cristo.

Que así podamos encontrar la humildad de volver a sus brazos y decirle “gracias Señor, por todo”, por la comida, por el pan, por la vida, por el trabajo, por las personas que me rodean, por la ayuda, por el sostén; pidiéndole también que nos ayude a salir de este la celebración y poder enfrentar con fuerza todos los desafíos y las tareas que nos han de tocar, para así poder volver otra vez, agradecido y reconociendo a Dios por sus acciones.

Como se darán cuenta es un circulo que va y viene. Volvemos a Dios porque hemos sido enviados por el y luego de ser enviados, nos encontramos con tantas cosas en las cuales Dios actúa en medio de la vida, que si las sabemos reconocer, inevitablemente volvemos a sus brazos para decir gracias y desde la Comunidad encontramos motivos para servirle con nuestros dones y con alegría.

Amén.