Sermón sobre Lucas 18: 1-8, por Reiner Kalmbach

Tema: el poder de la oración

La gracia de Dios, nuestro Padre, el amor de Jesucristo, nuestro Señor, y la fuerza vivificante del Espíritu Santo sean con todos nosotros. Amén.

Querida Congregación:

Habitualmente no comienzo un sermón con este saludo: “querida congregación”, me es demasiado formal. Pero hoy sí, voy a hacer una excepción: la Palabra que nos propone la agenda se dirige a una congregación, a un grupo de personas que quiere seguir a un hombre que – según los criterios del mundo -, ha estrellado su proyecto de un mundo mejor contra la pared o, para ser más preciso: colgó su sueño y el de muchos en una cruz.

Le quieren seguir, a pesar de todo, y porque la fe es más fuerte que la cruda realidad. Pero a veces sucede que esa fe parece debilitarse y hasta caerse. Nadie está exento de la duda, de la crisis de fe. Es cuando el viento frío y fuerte no quiere aflojar, cuando esa cruda realidad parece tener la última palabra en todo.

El párrafo que vamos a escuchar nos invita a conocer la realidad de las comunidades de la “Iglesia Naciente”, cuando lo único que tenían era su fe. Y al acercarnos a los destinatarios del texto, podemos ver reflejada nuestra propia situación como en un espejo.

Lectura del texto: Lucas 18, 1 – 8

¿Aún podemos contar con Dios..?

Dios, ¿por qué no responde?, ¿se esconde, mira para el otro lado, ya no escucha…? Tanta injusticia en el mundo, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto abandono…, violencia contra los niños, contra las mujeres. En nuestro país creamos una especie de término nuevo: “femicidio”, cada día mueren en la Argentina 1,7 mujeres a mano de sus novios, maridos o ex.

¿Y Dios? Dicen que si Dios responde, no permite que el viento se lleve los gritos de los que sufren, no se calla ante la injusticia: “…he visto (la humillación de mi pueblo), he escuchado sus gritos…, yo conozco sus sufrimientos…”, le dice a Moisés y pone en marcha la “acción liberadora” del pueblo de Israel de la Esclavitud de Egipto. Pero ese Dios, ¿estará viendo y escuchando aún hoy…?, ¿conoce nuestro sufrimiento…? Y, ¿cuándo responderá?

Quiero poner aquí un paréntesis: (la libertad y la independencia tan anheladas, el pueblo las consiguió luego de una larga caminata deambulando durante décadas por el desierto, y una durísima lucha conquistadora en la Tierra Prometida).

El otro día una mujer me explicó por qué su amiga se alejó de nuestra congregación: “…nuestros pastores predican muy bien, saben mucho de teología, están muy bien preparados, pero sus respuestas a las preguntas concretas no satisfacen. La gente busca soluciones inmediatas, quieren creer en un Dios que responde y actúa ya, creen en una especie de mago…”

Y sí, el Dios que predican en tantas iglesias y sectas, no te deja esperar; la ayuda, la solución de tus problemas es inmediata. Es más, no le dejan otra opción a ese Dios: lo obligan a actuar, a sanar, a reconciliar tu matrimonio, a multiplicar tu diezmo por diez…

¿No es eso lo que plantea Lucas con la insistencia de la viuda? ¿Deberíamos predicar y creer como los que prometen el éxito con garantía, los que nos anuncian su “pare de sufrir”?

Pienso que deberíamos formular la pregunta de otra manera: ¿cuál es la actitud de la mujer?, ¿su motivación? Es la actitud de una mujer que sabe lo que quiere, que sabe lo que pide, que sabe a quién dirigirse: al competente, al que está para escucharla, para hacer lo que le corresponde por derecho: justicia. Con su reclamo no va a un médico, sino al juez, a la única persona que puede darle una solución a su problema. Pero lo más importante: no se cansa, no afloja, insiste. Y el juez sabe (¿la conoce?) que ella seguirá insistiendo, no importa el tiempo que pase…

Hace unos quince años en la ciudad vecina tres jóvenes mujeres fueron asesinadas brutalmente. La sociedad, y por supuesto, los familiares, reclamaban justicia. Ya a los dos días la policía detuvo a un hombre y desde la justicia decían que el caso estaba “prácticamente esclarecido”. Con el paso de los días quedó cada vez más evidente de que se había tratado de una maniobra para ganar tiempo y destruir huellas que podrían conducir a los verdaderos responsables. En otras palabras: habían detenido, a propósito, a un inocente.

Desde el primer momento estuve acompañando a los familiares, y desde el primer momento sabíamos que teníamos que prepararnos para una lucha muy larga y durísima, pero que, nada ni nadie nos frenaría. Hoy, a más de quince años, aún no sabemos quienes fueron los asesinos. La lucha sigue pero finalmente un nuevo fiscal consiguió la reapertura del caso debido a nuevas pistas y la insistencia de los familiares…; alguna vez, con seguridad, habrá justicia porque la luz es más fuerte que la oscuridad.

La Iglesia pertenece a su Señor

El juez sabe que la mujer no lo dejará en paz, que seguirá luchando por sus derechos cueste lo que cueste. Es más, el juez sabe que la mujer está en su derecho, que lucha por lo que le corresponde. Pero el juez no quiere avanzar con el caso, si fuera por él, lo “archivaría” y punto. ¿Por qué?, sin ir más lejos (o a la historia), uno de los mayores problemas en nuestro país es la corrupción en la justicia. Jueces que no pueden justificar su patrimonio, que usan su poder para proteger a sus “amigos” en la política, la industria…, los carteles de la droga.

Jueces “buenos”, honestos, justos, parecen ser la excepción. Tal vez haya sido así también en nuestro caso: ¿tenía un compromiso con la otra parte? No lo sabemos, pero Lucas dice que el juez era “malo”.

Más allá de la motivación del juez: la mujer sabía que la única persona en el mundo que podía ayudarle era el juez, incluso cuando ese juez tenía fama de ser corrupto.

¿Y la Iglesia, la comunidad (de fe), nosotros…, yo?

Lucas se dirige a una comunidad de fe. Quiere hacerle entender que, más allá de todo lo que le pueda pasar, de toda la maldad, el sufrimiento, el odio, la persecución, la Iglesia pertenece a su Señor. Es decir que NO está sola. A él ha de dirigirse, en él ha de depositar su confianza. Que si aquella mujer no dudaba ni un instante en reclamar por lo que es justo, y que, por su insistencia, al final logra su objetivo, nosotros no tenemos por qué dudar de la promesa de Dios. Si el juez malo, el juez corrupto, le concede lo que la viuda reclama, con todo el derecho, ¿cómo vamos a dudar nosotros de la voluntad e intención de nuestro Dios que es bueno, y que es un juez bueno y justo…?

Como decíamos: Lucas se dirige a la Iglesia: que no afloje, que no baje los brazos, que no tire la toalla…, todo lo contrario: que siga esperando, orando, cantando, creyendo…, en contra de toda la apariencia.

Lo que permanece hasta el final

¿…ante qué no hay que aflojar, bajar los brazos, no tirar la toalla…?, es la pregunta contra la otra: ¿no me prometen en cada esquina que, si tengo fe (¡la fe verdadera!), mi vida será una maravilla, que ya nada me podrá pasar, que el éxito en el matrimonio, el negocio, el trabajo será por añadidura…?

No. Por más fuerte que sea mi fe, por más firme mi confianza en Dios, el mundo seguirá siendo el mismo, y lo que sucede en él me puede afectar en cualquier momento. Mi mamá es una mujer muy creyente, pero en este momento está perdiendo su lucha contra el cáncer… Y yo estoy lejos, ni siquiera la puedo acompañar.

La Iglesia, y con ella yo, existe en este mundo. Entonces la pregunta que deberíamos hacernos cada día de nuevo es: ¿qué espera Dios de nosotros, qué haría Jesús en este momento, qué diría…?

Está claro: la corriente nos quiere llevar, y remar en su contra requiere cada vez más fuerza, cada vez más coraje, cada vez más ganas de luchar. Ser “Iglesia en la Diáspora”, rodeado de “lobos”, navegando contra el viento, dando un testimonio distinto, de un Dios que dio todo, que optó por el “camino de abajo”, que resistió a las tentaciones y promesas, que finalmente se jugó por la humanidad toda, esa forma de ser iglesia jamás se vuelve “popular”, siempre será la Iglesia de pocos, no de las masas.

Mientras Jesús recorría su país haciendo señales (milagros), público no le faltaba nunca. Pero cuando se limitaba cada vez más a la enseñanza, a la Palabra, los que le seguían eran cada vez menos y al final, llegando ya a la “meta”: tres mujeres, uno de sus discípulos y uno de los delincuentes seguían firmes más allá de la apariencia.

El párrafo termina con un versículo que, al leerlo, causó en mi cierta inquietud: “…cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

Quiero interpretarlo como una advertencia: ¡por favor, no aflojen, no abandonen el barco, no lo (no me) dejen solo! Y si el mundo entero se deja llevar por las corrientes, ¡ustedes no! Porque Dios confía en ustedes, son las únicas manos que tiene en el mundo para obrar. ¡Ustedes son las únicas manos que tengo para dignificar la vida!

Amén.

Pastor Reiner Kalmbach

Fuente: http://www.predigten.uni-goettingen.de/predigt.php?id=6749&kennung=20161016es