Sermón sobre Mateo 4:1-11, por Marcelo Nicolau

 

1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.

2 Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre.

3 Se le acercó el tentador y le dijo: — Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.

4 Él respondió y dijo: — Escrito está: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

5 Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, lo puso sobre el pináculo del Templo

6 y le dijo: — Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues escrito está: “”A sus ángeles mandará acerca de ti”, “y “”En sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra”.

7 Jesús le dijo: — Escrito está también: “No tentarás al Señor tu Dios”.

8 Otra vez lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,

9 y le dijo: — Todo esto te daré, si postrado me adoras.

10 Entonces Jesús le dijo: — Vete, Satanás, porque escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás”.

11 El diablo entonces lo dejó, y vinieron ángeles y lo servían.

Caminamos por el mundo, andamos, sentimos, corremos, conversamos, nos encontramos, cocinamos, jugamos, limpiamos, creamos, salimos a la calle, hacemos los mandados, charlamos con los vecinos, confrontamos con situaciones que no queremos, buscamos otras que no se producen, algunas veces acertamos, otras erramos, pero siempre, cada día de nuestra vida, seamos o no conscientes, vamos tomando decisiones, a cada paso, a cada instante. Muchas de esas decisiones son rutinarias, intrascendentes, aunque detrás de cada intrascendencia muchas veces se oculta la raíz profunda de la injusticia oculta, que es la más feroz y despiadada. Pero en ese tomar decisiones es donde se juega el partido de nuestra vida, no solo en lo cotidiano y doméstico, sino también en lo espiritual y material, en lo integral y trascendente de toda nuestra vida. ¿Hacia dónde van nuestras decisiones? ¿Con qué criterios actuamos, decidimos, optamos? No estamos vacios, sino llenos de instrucciones sobre qué hacer y como actuar. El mundo, la sociedad en que vivimos nos instruye permanentemente. ¿Tiene algo para decirnos al respecto este mensaje del evangelio que hoy compartimos?

Jesús tambien tuvo que optar. Igual que nosotros, cada día e instante de su vida fue tomando decisiones que marcaron su rumbo, su destino, su mensaje, su hacerse Palabra de salvación para todos nosotros. Y en este texto en particular, esas decisiones son presentadas casi como un extremo, como una pintura que muestra lo esencial del camino de Jesús, de la opción que Jesus toma y nos invita a seguir. No es que estas fueron las únicas tentaciones de Jesús. ¡Por supuesto que no! Habrá tenido muchísimas otras. Estas son como un resumen ejemplarizante de la actitud y la postura que conduce a la vida. De ahí hemos de aprender.

Jesus es llevado por el Espíritu al desierto. Notemos en primer lugar que es el propio Espíritu que lo conduce al desierto, lugar inhóspito, lugar de prueba, de refugio para los perseguidos, con hondas reminiscencias del proceso que el pueblo de Dios tuvo que vivir luego de la salida de Egipto. Así como el pueblo de Dios tuvo su bautismo al cruzar el mar rojo y a continuación enfrentó la prueba del desierto, Jesús sigue un itinerario parecido. Inmediatamente luego de ser bautizado es conducido al desierto, donde será probado. Primera enseñanza para nosotros: las pruebas no son algo extraño a nuestra práctica de fe, al contrario, no debemos sorprendernos si somos probados. ¿Qué hay de extraño en ello? Jesús mismo fue probado. ¿Por qué nosotros no habríamos de serlo? Así como el paso por el desierto fue una prueba para Jesús, como lo fue para el pueblo de Israel, también el paso por las pruebas es un paso necesario para nuestra fe, para que nuestra fe se afiance, se fortalezca, se curta y tome consistencia. Nuestra fe necesita asentarse en bases solidas, materiales, firmes, y eso no se logra solo con palabras, se hace vívido en sentires, vivencias, experiencias de fe en medio de tensiones, pruebas, sufrimientos, dolores, crisis. No es que tengamos que buscar estas cosas. Pero no debemos sorprendernos si nos llegan. Y no debemos sorprendernos, porque cuando recibimos el bautismo, cuando adoptamos el compromiso fundamental de vida que significa seguir el Evangelio, nuestra vida se encamina inevitablemente por rumbos de colisión con muchos desvalores, deshonras, desamores, desmanes, desmanejos y desastres humanos, sociales, comunitarios y ambientales de nuestros días. El ejemplo de Jesús es determinante. El rumbo por Él elegido va inevitablemente camino al conflicto con los poderes imperantes. Va camino a la cruz.

La primera tentación es utilizar su poder en beneficio propio, sin pensar en nada más. Y es efectuada cuando Jesús siente hambre. Esto es, en un momento de fragilidad. Pero su respuesta es sorprendente: no solo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Estas palabras son hermosas porque nos muestran la integralidad y complejidad del ser humano y de la creación de Dios. No somos máquinas, ni somos entes etéreos. Somos una delicada trama de muchas cosas, y así como necesitamos la comida para sostener nuestro cuerpo, necesitamos también de otros alimentos, podemos decirles espirituales, inmateriales, pero son en todo caso sumamente sensibles y necesarios. ¿A cuántos litros de leche equivale un abrazo? ¿Con cuántos panes se compara una oración? Y así podríamos hacer muchas más preguntas a las que nadie puede contestar. Lo que si es claro, es que necesitamos de todos los alimentos para crecer y sostenernos integralmente. Pero la clave es el rechazo al egoísmo. Jesús rehúsa utilizar sus posibilidades solo pensando en sí mismo, en su ambre que se come hasta la h. La vida está más allá y hay que encontrarla en la alegría de los encuentros, en las luchas cotidianas, en los proyectos conjuntos, en la construcción comunitaria de un mundo nuevo donde se multipliquen los panes y los peces, no por imposición de uno solo, sino por opción de muchos.

La segunda tentación es muy interesante y ejemplar para nosotros. El diablo conoce bien las escrituras parece, y las cita convincentemente. Pero Jesús le contesta también con otra cita de las escrituras. Con lo cual aprendemos y reafirmamos que la escritura se interpreta a si misma, o dicho en otras palabras, que no podemos tomar un pedacito, un texto suelto y aplicarlo literalmente sin tomar en cuenta el contexto, la situación, y los muchos otros condicionantes que le dieron origen. El mensaje que Jesús nos da es claro: No se puede, no es acertado probar a Dios. Mensaje del que bien debiera tomar nota la humanidad entera que constantemente rifa su futuro malgastando recursos, cuando no destruyendo lisa y llanamente la creación entera, probando de alguna manera la paciencia de Dios. Pero tambien es muy importante para nosotros aprender que es necesario respetar las Escrituras. Del mismo modo que el diablo se valió de ellas para tratar de hacer caer a Jesús desde lo alto del templo, constantemente vemos hoy como se mal utilizan las Escrituras como instrumento de dominio, de agresión, de discriminación, de violencia. Una utilización de las Escrituras para empobrecer, embrutecer y reducir las capacidades, libertad y dignidad de las personas. Esto nos debe llevar a pensar en el para qué. ¿Cuál era la intención del diablo en el uso de las escrituras? ¿Cuál es la intencionalidad con que utilizan las escrituras todos los que hoy lo hacen? Porque es bien claro que el uso de las escrituras no garantiza en modo alguno ni una buena intención ni un buen final. ¡Recordémoslo siempre!

Finalmente la tercera tentación, de algún modo resume las otras, la gloria, el poder, el dominio sobre todo y todos, sea por el medio que sea, es el tema evidente que Jesús rechaza con fuerza y convicción: Solo a Dios hay que adorar, solo a Él hay que servir. Es inevitable pensar con cuanto éxito ha predicado el diablo en el mundo, sembrando reinos y gobiernos llenos de corrupción, de vanagloria, de violencia, de opresión del hombre por el hombre o del hombre por las empresas, de la mujer por el hombre, de la naturaleza por los intereses, de la vida por el dinero, de la alegría por la furia, del tiempo por el reloj, de la esperanza por la realidad.

Pero no hay derrota, ni hay desazón suficiente que pueda empañar el brillo de la Palabra de Dios en Jesucristo. Su triunfo frente al diablo, que se retira con la cola entre las patas, es preámbulo de su triunfo mayor, el de la Resurrección luego del paso por la cruz y la tumba. El triunfo de la vida sobre la muerte, en todas sus dimensiones. Como símbolo de la victoria, el texto nos dice que vinieron ángeles y lo servían. Los ángeles son enviados de Dios. Me pregunto para terminar: ¿Dónde estarán ahora esos ángeles que sirven a Jesús? ¿No seremos nosotros?

Pastor Marcelo Nicolau