Sermón sobre Mateo 5:13-16, por Delcio Källsten

 

Estimadas hermanas y hermanos.

Hoy en día la sal es muy mal vista como elemento dentro de nuestra dieta. Muchas veces y de acuerdo a nuestro estado de salud u organismo se nos prohíbe completamente el consumo de sal común o de mesa.

A pesar de esto nos encontramos con que Jesús dice a sus discípulos que ellos son la sal del mundo. Jesús no les dice ustedes podrían ser o tendrán que ser, sino son esa sal que da gusto.

Y ¿Qué gusto tiene la sal? Preguntaba aquel cómico y la gente respondía a coro y con un grito ¡Salado!. Pero la sal que somos en Cristo tiene muchos sabores: sabe a verdad, justicia, amor, paz…Somos todos esos sabores, pero no para nosotros mismos sino para el mundo. Es el mundo, la gente que nos rodea que debe poder saborear cada gusto bueno y bendito que Dios nos ha dado para compartir.

Por ahí en un rincón de la despensa o en el fondo del mueble de la cocina puede haber un paquete de sal. Uno que está ahí hace mucho tiempo y que se puso como piedra por causa de la humedad y el paso del tiempo…Nunca llegó a dar sabor a ninguna comida. No es de esa sal que queremos ser sino de aquella que entra a la vida y que acá y allá van alcanzando a las personas y a la comunidad con los sabores del Evangelio, en el testimonio, el trabajo, la palabra y el gesto inspirados en Cristo, que si supo dar verdadero sabor a la vida de la gente y del mundo.

Alguien se levantó en la noche, necesitaba hacerlo y lo hizo sigilosamente para no hacer ruido con los pasos y despertar a alguien de la casa. Tampoco encendió la luz para que sus rayos no tuvieran el mismo efecto… Pero de repente, pum el pie descalzo que ruidoso dio en la pata de un mueble y –después- el gemido ahogado por el dolor en los dedos accidentados y todos se despertaron.

Ustedes son la luz del mundo le dijo también Jesús a sus discípulos. Una luz que es la de Cristo mismo, dada a sus amigos para alumbrar entre la gente. Luz de vida, paz y esperanza en medio de las tinieblas del mal, el pecado o el sufrimiento.

Jesús está diciéndonos que también somos esa luz para brillar hoy haciendo el bien, y agregaría, no para nuestra propia gloria o recibir reconocimiento sino para que la gente viendo lo que nosotros mismos hagamos, pueda descubrir y alabar a Dios, nuestro Padre que está en el cielo.

Muchas veces, sin embargo escondemos la luz de Cristo, que está en nosotros. Tal vez pensamos que los demás pueden molestarse como quien duerme plácidamente en un cuarto oscuro al ver algo de esa luz. Tal vez tenemos temor de brillar entre la gente porque después de todo, recordamos que Jesús fue la luz querida y necesitada para mucha gente pero también una luz molesta a los ojos de quienes ni deseaban salir de su oscuridad pecado y la mentira, ni tampoco ver la luz de una vida diferente. Y esa incomodidad provocada por Jesús le costó sufrir y morir en la cruz.

Puede ser que tengamos dificultad para aceptar ese aspecto conflictivo que tiene la luz de Cristo. Aceptar que ser luz en el mundo puede conllevar la necesidad de cargar con las marcas de la cruz de Cristo. Porque la luz eterna de Dios y que verdaderamente alumbra en su nombre, es y será aquella cuyos rayos ponen al descubierto el mal que está en nuestros corazones y el corazón de este mundo y sociedad. Tememos alumbrar porque muchas veces la luz de Dios y de su justicia, no es una luz querida sino, por el contrario, se trata de una luz rechazada con mucha fuerza.

Tenemos tantos ejemplos domésticos de lo que pasa cuando nuestros pecados son puestos a la luz o cuando tenemos que reconocer la verdad del mal que hicimos. Hay relaciones que se rompen, amistades o lazos familiares que se cortan, etc. Vean ustedes lo que pasa en la sociedad por ejemplo, cuando la luz de la justicia, con todas sus limitaciones y lentitud comienza a alumbrar la cara de los corruptos, a descubrir la guarida de los delincuentes, o a alumbrar la ruta y planes de los traficantes. Estos delincuentes suelen reaccionar violentamente especialmente en contra de quienes cumplen la tarea difícil de denunciar o llevar adelante una causa judicial. Esto también ha costado muchas vidas.

Y seguimos afirmando que quienes creen en Dios y aman y se apegan a la justicia y verdad ¡somos la luz del mundo! Y no podemos esconder ni renunciar a esto, porque sería renunciar a Dios. Así que conscientes de lo que significa ser sal y luz, aceptamos los riesgos y sacrificios que en cada caso puedan alcanzarnos, pero también recordamos la promesa de que Dios nunca a ha de abandonarnos. Y esto principalmente nos ayuda a aceptar gustosos ser luz del mundo. Nos disponemos a alumbrar en la confianza de que las tinieblas, que no han podido vencer a Cristo tampoco podrán vencernos a nosotros ni a ninguno de nuestros hermanos y hermanas en la fe, que no dejan de dar gusto intenso ni de alumbrar con claridad entre nosotros.

AMEN
Pastor Delcio Källsten

Tomado de http://www.predigten.uni-goettingen.de/predigt.php?id=6949&kennung=20170205es