Sermón sobre Mateo 5:38-48, por Pablo Munter

 

Una vez una maestra le pidió a cada uno de sus estudiantes que llevaran a la escuela una bolsa de plástico transparente y un saco de papas. Por cada persona que no quisieran perdonar durante su vida, debían elegir una papa, identificarla con el nombre de esa persona y la fecha, y echarla en la bolsa plástica.
Algunas de esas bolsas llegaron a ser bastante pesadas. Entonces les pidió que llevaran consigo esa bolsa a todas partes durante una semana, poniéndola al lado de sus camas a la hora de dormir, en el asiento del auto cuando estuvieran guiando y al lado de sus escritorios en sus trabajos. La molestia de arrastrar esta bolsa con ellos a todos lados les mostró claramente el tremendo peso espiritual que llevaban a cuestas, sobre todo, porque tenían que estar pendientes de ello todo el tiempo para que no se les olvidara y lo dejaran en lugares que les hicieran pasar una vergüenza.
Naturalmente, la condición de las papas se deterioró hasta que se volvieron putrefactas y malolientes. Esto, a su vez, hizo que fuera desagradable tenerlas cerca. Al poco tiempo, los estudiantes se dieron cuenta de que deshacerse de las papas era más importante que estar cargando con ellas.

Esta es una gran metáfora sobre el precio que pagamos por mantener nuestro pesimismo. A menudo pensamos que el perdón es un regalo que le hacemos a otra persona. Claramente, el perdón es en realidad, ¡un regalo para nosotros mismos!

Nos enojamos con la familia y siempre tenemos la razón, nos enojamos con el vecino y el vecino siempre es el culpable, nos enojamos con el compañero de trabajo, pero siempre tenemos la razón; nos enojamos con los hermanos de la iglesia y adivina… siempre somos nosotros los que tenemos la razón. Creo que debemos comenzar a preguntarnos: ¿en realidad, siempre tengo la razón?, ¿qué habría pasado si mi actitud hubiese sido diferente?, ¿qué hubiese hecho Jesús en mi lugar?, ¿cuál habría sido su actitud?

Esta debe ser una manera práctica de entender el versículo de Mateo 5:16: “Del mismo modo procuren ustedes que su luz brille delante e la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que esta en el cielo. Si cumpliríamos a rajatabla el evangelio, el mundo seria diferente

Ante una sociedad llena de odios, rencores, riñas, luchas, pleitos, de egoísmos, de venganzas, el carácter del cristiano debe de ser de cortesía, de bondad, de consideración, de ternura, para con los demás.

El primer impulso en nuestra sociedad es la venganza, el desquite, devolver con la misma moneda, la ley del talión, ‘ojo por ojo y diente por diente’.

Éxodo 21:24 decía que si en el litigio un puño había tumbado un diente, ahora el agredido tenía derecho a hacerle lo mismo (un solo diente y no dos). Entonces los dos quedaban en paz.

Esta ley, la ley del Talión o de la venganza, termina por destruir a las dos partes y no abre caminos de solución para ninguno de los conflictos que pretende resolver.

La propuesta de Jesús de responder al mal con bien, ha tenido muchos seguidores a lo largo de la historia. Uno de los más destacados ha sido el pastor bautista, Martin Luther King, premio Nobel de la paz en 1964, que fue asesinado en abril de 1968. El decía: “Un punto fundamental que caracteriza a la no violencia es que no busca derrotar o humillar al oponente, sino granjearse su amistad y comprensión”. “Otra característica de este método es que está dirigido contra las fuerzas del mal en vez de contra personas que hacen el mal.”

Este nuevo valor que brota de la justicia del Reino apunta a la eliminación de la violencia mediante dos caminos:

(1) no prolonga la violencia a través del habitual desquite;

(2) el trabajo por la conversión del agresor

Descolocar al otro con la respuesta: Me acuerdo de un colega, que cuando en las reuniones alguien se enojaba con él y le decía de todo, el mirándole a los ojos al agresor, le respondía “lo voy a tener en cuenta”. A lo que el otro no sabía como reaccionar.

Jesús es categórico: no le resistas al que te hace algún daño.

¿Cómo reaccionamos nosotros frente a una agresión?

¿Le pegamos el doble? O entregamos la otra mejilla

¿Cómo reaccionamos nosotros cuando alguien te reclama algo?

¿Llamamos a un abogado? O le damos lo que pretende

¿Cómo reaccionamos nosotros cuando alguien nos exige hacer algo?

¿Lo mandamos a freír churros? O respondemos con alegría

¿Cómo reaccionamos nosotros cuando alguien nos pide un favor?

¿No tengo tiempo? O tratamos de ayudarlo

¿Y si nos piden algo prestado? Le decimos no, comprate!

No negar al que pide algo prestado

En todos estos casos puede verse cómo el agredido no devuelve la ofensa, sino que, por el contrario, se muestra siempre bondadoso. Afronta, por lo tanto, el problema con una actitud diferente: baja la tensión del agresor y desarma de manera no violenta la agresión. Como hacía Martin Luther King.

Lo novedoso que propone Jesús es romper ese ‘círculo vicioso’ de odios y rencores que, únicamente, amargan la vida y condenan a sus autores. La violencia sólo produce violencia y Jesús lo condena decididamente. Para eso el secreto es “amar a los enemigos”. Amar a los enemigos no significa que hagamos amistad con ellos, sino que no respondamos frente a ellos con violencia.

Orar por los enemigos: Una oración había aparecido garabateada en un trozo de papel en el campo de concentración de Ravensburg: «Acuérdate, Señor, no sólo de los hombres y mujeres de buena voluntad, sino también de los de mala voluntad. No recuerdes tan sólo todo el sufrimiento que nos han causado; recuerda también los frutos que hemos dado gracias a ese sufrimiento; la camaradería, la lealtad, la humildad, el valor, la generosidad, la grandeza de ánimo que todo ello ha conseguido inspirar. Y cuando los llames a ellos a juicio, haz que todos esos frutos que hemos dado sirvan para su recompensa y su perdón»” (DE MELLO, Un minuto para el absurdo).

Deja secar la ira. Mariana se puso toda feliz por haber ganado de regalo un juego de té de color azul. Al día siguiente, Julia, su amiguita, vino bien temprano a invitarla a jugar. Mariana no podía pues saldría con su madre aquella mañana.

Julia entonces pidió a Mariana que le prestara su juego de té para que ella pudiera jugar sola en el jardín del edificio en que vivían.

Ella no quería prestar su flamante regalo pero ante la insistencia de la amiga decidió, hacer hincapié en el cuidado de aquel juguete tan especial.

Al volver del paseo, Mariana se quedó pasmada al ver su juego de té tirado al suelo. Faltaban algunas tazas y la bandeja estaba rota.

Llorando y muy molesta Mariana se desahogó con su mamá “¿ves mamá lo que hizo Julia conmigo? Le presté mi juguete y ella lo descuidó todo y lo dejó tirado en el suelo”.

Totalmente descontrolada Mariana quería ir a la casa de Julia a pedir explicaciones, pero su madre cariñosamente le dijo:

“Hijita, ¿te acuerdas de aquel día cuando saliste con tu vestido nuevo todo blanco y un coche que pasaba te salpicó de lodo tu ropa? Al llegar a casa querías lavar inmediatamente el vestido pero tu abuelita no te dejó.

¿Recuerdas lo que dijo tu abuela? Ella dijo que había que dejar que el barro se secara, porque después sería más fácil quitar la mancha.

Así es hijita, con la ira es lo mismo, deja la ira secarse primero, después es mucho más fácil resolver todo”.

Mariana no entendía todo muy bien, pero decidió seguir el consejo de su madre y fue a ver el televisor.

Un rato después sonó el timbre de la puerta…Era Julia, con una caja en las manos y sin más preámbulo ella dijo:

“Mariana, ¿recuerdas al niño malcriado de la otra calle, el que a menudo nos molesta?

Él vino para jugar conmigo y no lo dejé porque creí que no cuidaría tu juego de té pero el se enojó y destruyó el regalo que me habías prestado.

Cuando le conté a mi madre ella preocupada me llevó a comprar otro igualito, para ti. ¡Espero que no estés enojada conmigo. No fue mi culpa!“

“¡No hay problema!, dijo Mariana, ¡mi ira ya secó! Y dando un fuerte abrazo a su amiga, la tomó de la mano y la llevó a su cuarto para contarle la historia del vestido nuevo ensuciado de lodo”.

Nunca reacciones mientras sientas ira. La ira nos ciega e impide que veamos las cosas como ellas realmente son. Así evitarás cometer injusticias y ganarás el respeto de los demás por tu posición ponderada y correcta delante de una situación difícil. Acuérdate siempre: ¡Deja secar la ira!

El saber que no es fácil perdonar a los enemigos y amarlos, no debe de constituir un impedimento insuperable. El reto es intentarlo. Pagar odio con odio y mal con mal es revolcarnos en el mismo fango que los enemigos y contradice nuestra identidad de hijos de Dios y de discípulos auténticos de Jesús.

 

Pastor Pablo Munter