“Signos visibles de una gracia invisible”

 

En primer lugar quiero expresar mi agradecimiento por la invitación recibida para colaborar en el desarrollo de la temática del Sínodo. El tema planteado “Por gracia de Dios y fe en Jesucristo”, ya fue iniciado en el día de ayer. Me toca hablar hoy sobre la gracia de Dios, específicamente sobre los signos visibles de esa gracia.

Antes de abocarme en forma directa a ese tema, creo oportuno puntualizar algunas características que hacen a la sociedad, en especial a los “mandatos” o demandas que esta exige a las personas. Sobre esto ya se ha trabajado un poco en el día de ayer. Sin embargo considero importante detenerme un poco en ello, ya que las personas y las instituciones estamos atravesados por esos “mandatos”, por lo tanto no estamos exentos de regirnos y relacionarnos a partir de lo que estos imponen (a veces muy sutilmente).

La justificación como exigencia

Vivimos en un mundo en el cual se impone a las personas una cruel coacción a la justificación. Esta justificación no se refiere a la necesidad de hacerse responsable de las afirmaciones, actitudes, gestos (justificar los actos); lo cual es indispensable para cualquier convivencia humana. La coacción a la justificación es otra cosa. Sucede donde la persona es forzada a justificar, no algo, sino a sí misma, su existencia, su razón de ser. Donde debe ser demostrado el derecho a vivir, donde cada persona debe luchar por un lugar en la sociedad.[1]

En nuestra sociedad la condición de criatura del ser humano no alcanza para justificar su ser. La sociedad realiza diferencias entre sus miembros. Reconoce y valoriza más a unos que a otros, e incluso están aquellos a quienes no se les reconoce la dignidad de su ser, que son considerados indignos de vivir, excluidos de la sociedad, sin derecho siquiera a lo mínimo necesario para poder vivir. En la convivencia humana nadie tiene garantizado su lugar. Este lugar necesita ser conquistado por medio de la prueba del mérito.

No cabe duda de que en la sociedad actual, fuertemente marcada por el consumismo, el valor de la persona se define por el poder adquisitivo (el cual define la capacidad de consumo); por la categoría de grupo a la que pertenece (no es lo mismo si se es mujer, hombre, blanco, negro, mestizo, indio, villero, habitante de un barrio cerrado, etc.); por la capacidad productiva. El consumo y la productividad son los criterios que en forma directa o indirecta justifican la existencia y la posición social de las personas. Se es alguien “digno”, alguien considerado por las demás personas en la medida en que se cumplen con las demandas, con los mandatos. Esto es lo que el Nuevo Testamento llama “Ley de obras”. El valor de la persona se define por su poder adquisitivo, por lo que consume y es consumida (por ejemplo a través de los “me gusta” recibidos en el facebook), por el grupo que integra, por el sector social al cual pertenece y no por el simple hecho de ser una persona.

Esta sociedad proclama y anuncia por los medios y las formas más diversas, creativas y sugestivas que la dignidad, la salvación, la felicidad, una vida lograda, se obtienen a través del consumo de X cosa (de la obtención del objeto que dignifica). Es decir, del logro y obtención de méritos, los cuales van cambiando según la época. Esta proclamación va dirigida a todas las personas bajo la condición de que pongan algo de sí, por poco que sea, con la posibilidad de ir sumando (acumulando) cuotas contabilizables a su favor. Ni hablar de las promesas de felicidad, de tranquilidad y de seguridad con los cuales muchas compañías promocionan seguros de diferente tipo.

La pregunta que surge, en relación al tema que nos toca, es: ¿En qué medida, en el contexto de la existencia humana -que ha construido el ser humano en su condición humana y pecadora- se presentan realidades en las cuales es posible experimentar la gracia liberadora de Dios en Jesucristo? ¿Y en qué medida la iglesia hoy puede anunciar y dar testimonio de esa gracia, sin caer una y otra vez en la tentación de proclamar y de regirse (en palabras y en acciones) por la lógica meritoria, la de justificar y de auto-justificarse por las obras (el rendimiento, el éxito, la cantidad de actividades que se realizan, etc.)?

Los signos visibles de la gracia

Cuando Jesús ya no estaba más entre los suyos, estos ya no lo podían ver, tocar, oler ni sentir. Sin embargo, Él no los había dejado abandonados. Antes de irse prometió que no los va a dejar solos, que irá a estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20), y que todas las veces que se reúnan en su nombre, Él estará en medio de ellos (Mt 18,20). Además les dio dos promesas y mandatos:

* Que bautizando a las personas y enseñándolas a hacer lo que Él les había mandado, las va a hacer en discípulas suyas: el Bautismo.

* Que todas las veces que compartan en su nombre y en hermandad el pan y el cáliz, como Él lo había hecho con sus discípulos en la noche en que lo entregaron, Él se va a hacer presente entre ellos: la Santa Cena (Cena del Señor).

Entendemos que fue Dios mismo quién instituyó estas acciones, a través de Jesús. Es Él quien nos manda a celebrarlas. Valiéndose de la Palabra y de los elementos (el pan y el cáliz –fruto de la vid; y el agua), Dios baja a la experiencia humana, se hace presente de modo especial en la comunidad y revela su amor a la humanidad. Por eso entendemos que el Bautismo y la Santa Cena son los sacramentos existentes.[2]

En este sentido podemos decir:

  • Que es Dios el que actúa en los sacramentos. Eso significa que los sacramentos dependen del uso que Dios hace de ellos. Significa que la forma exterior, visible, puede variar, sin embargo la gracia interior depende de Dios. Ellos son una manera de actuar de Dios.
  • Que Dios actúa en los sacramentos auto-entregándose. Lo que se da es una relación llena de gracia, que es la vida de Dios bajando y entrando a la nuestra. Sin embargo, su auto-entrega no se limita a los sacramentos. El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento son crónicas testimoniales sobre las maneras en que Dios se fue dando a los seres humanos en el pasado (en la creación, en la ley y el profetismo, en la vida de su pueblo, en la persona de Jesús) mostrando su misericordia y amor para con su pueblo, llamándolo a hacer penitencia y a seguirlo. Por medio de los sacramentos Él se sigue entregando y haciendo realidad presente aquí y ahora.
  • Que por medio de los sacramentos, la auto-entrega de Dios sucede como amor hecho visible. En Jesucristo, Dios nos mostró la plenitud del amor divino. Sin embargo necesitamos que ese amor nos sea mostrado una y otra vez. Así como dependemos de un apretón de manos, de un beso, de un abrazo, de una caricia, de una mirada amorosa para expresar nuestro amor de manera que otras personas puedan reconocerlo, dependemos de los sacramentos para saber del amor de Dios. El amor humano lo hacemos visible cuando lo expresamos; en el caso del amor divino esto no es diferente. Los sacramentos son el amor de Dios hecho visible.
  • La auto-entrega de Dios como amor se vuelve visible en la comunión, en las relaciones de amor dentro de la comunidad. Aunque los sacramentos se refieran a una relación vertical –Dios con su pueblo-, estos implican fuertemente relaciones horizontales entre las personas. De esta manera los sacramentos establecen nuevas relaciones de amor, y mantienen y nutren relaciones de amor ya existentes.

La iglesia recibió estos signos visibles de la gracia que celebra desde su existencia. La pregunta que se nos plantea hoy es: ¿en qué medida es posible significarlos y resignificarlos como señales visibles de la gracia que nos es dada, que no podemos ganarnos ni merecernos, pero sí recibirla, siendo aceptados, dignificados e incluidos, en un mundo que excluye y que dignifica exclusivamente por méritos? En otras palabras, y pensando en términos más concretos:

¿Cómo usa la iglesia estos signos visibles para dar testimonio de la gracia? ¿Cómo los usa para que no se transformen en un mero ritualismo o en el mero cumplimiento de un mandato social?

¿Cómo los usa para que no se transformen, por un lado, en una celebración excluyente –de la cual solamente pueden participar las personas que han cumplido ciertos requisitos considerados necesarios para merecerlos? Con esto se daría a entender que los sacramentos se los recibe por méritos. Por el otro, ¿cómo los usa para que no se conviertan en una especie de dispensadores de gracia, en la cual cada uno busca su porción individual de perdón, sin que transformen la vida personal, la vida comunitaria y el testimonio que damos como iglesia? Esto daría a entender que los sacramentos no tienen nada que ver con la comunión, ni con la reconciliación.

A partir de estas preguntas voy a mencionar tan solo algunas consecuencias prácticas -de orden litúrgico, de la pastoral, de la edificación de la comunidad, de la catequesis; que considero deberían ser tenidas en cuenta. Quiero aclarar que no pretendo agotar aquí todas las consecuencias que se derivan de estas preguntas. Para el significado tanto del Bautismo como de la Santa Cena voy a remitirme básicamente a las Normas de la Vida Eclesiástica de la IERP, consciente de que estos están formulados allí de forma muy acotada y delimitada. La riqueza en cuanto al significado de estos sacramentos desde un punto de vista bíblico-teológico es mucho mayor. Sin embargo, el desarrollo de esto nos llevaría más tiempo del que tenemos disponible. Así también, considero fundamental recordar que en primer lugar es Dios el que actúa en los sacramentos. Por lo tanto, la forma visible de la celebración de los sacramentos puede variar, mientras que la gracia interna depende pura y exclusivamente de Dios.

 

Consecuencias prácticas:

  • Acerca del carácter inclusivo y de comunión:

Es necesario que en la celebración de los sacramentos se exprese el carácter inclusivo y de comunión que estos tienen. De esta manera es importante considerar la participación de todas las personas, sin hacer distinción de edad, de género, de confesión, de condición social; prestando especial atención a la inclusión de aquellas personas que por diferentes motivos, por ejemplo una discapacidad, ven limitadas las posiblidades de acceso, de  traslado, etc. Prestando atención también a los elementos que usamos, cuando, por ejemplo, de la Santa Cena participan personas alcohólicas, celíacas y niños/as.

Al excluir a personas de la celebración de los sacramentos por causa de su edad, porque no pagaron la cuota de membrecía, por su condición de género, por su condición social, racial, civil, o por usar exclusivamente vino y pan, etc. debemos preguntarnos: ¿Cuál es el uso que la iglesia está haciendo de esos signos del anuncio de la gracia que ha recibido? ¿En qué medida es posible ver reflejado en y a través de los mismos, el carácter inclusivo, de reconciliación y de comunión que tienen?

En el bautismo Dios expresa el amor y la salvación por cada persona, incorporándola “en el pacto de la gracia de Dios y con esto en la Iglesia de Jesucristo”, en la historia liberadora de Dios con su pueblo.[3] En este sentido es importante ser coherentes con lo que expresa, incluyendo a todas las personas bautizadas que lo desean en la celebración de la Cena del Señor (lo cual no debería significar la no inclusión de personas no bautizadas).

En la Santa Cena, Jesucristo “mismo llama, invita y acoge en el pan y el fruto de la vid dándose plenamente a todo aquel que cree; (…) alimenta y fortalece a la comunidad de fe; (…) se hace presente con su reino venidero de paz y justicia al compartirse a sí mismo en el pan y el fruto de la vid. En la Santa Cena Dios, a través de Jesucristo resucitado y presente en la comunión, reconcilia a la creación entera y a los seres humanos entre sí.”[4]

A partir de esta comprensión de la Santa Cena, creo que es necesario, entre otras cosas, que nos preguntemos por lo que expresan y comunican nuestros cultos, y en el marco de estos lo que comunica específicamente la celebración de la Santa Cena. ¿En qué medida al celebrarla se expresa la dimensión comunitaria, las relaciones de amor, de reconciliación entre los seres humanos y de estos con la creación entera? ¿Qué expresa el hecho de que en el momento de celebrarla, la comunidad está parada en fila y las personas, sin mirarse, van pasando de a uno al frente para recibir el pan y el cáliz? ¿Qué se expresa, en cambio, cuando para compartir la Santa Cena la comunidad forma un círculo/semicírculo?

  • Acerca de la reconciliación:

¿Cómo podría expresarse gestual y simbólicamente la reconciliación entre los seres humanos? Una forma antiquísima de realizarlo es el gesto de la paz, el cual en primer lugar expresa la paz que Cristo nos da, y que es el fundamento de toda paz que deseamos exista entre los cristianos, en la familia humana y en la Creación.

Si consideramos la dimensión comunitaria y de reconciliación de la Santa Cena, es importante que en la forma de celebrarla haya formas concretas de expresión de la comunión, del agradecimiento, de la alabanza, de la reconciliación y de la solidaridad. Esto implica, obviamente, una revisión de la comprensión y práctica de la Santa Cena.

 

  • En cuanto al marco y el momento en que se celebran:

Es importante que las celebraciones bautismales, en vez de constituir un apéndice o un agregado del culto, formen parte del culto, no solo por ser celebrados en ese marco, sino también y fundamentalmente en coherencia con el tema del respectivo culto. En este sentido puede resultar sumamente interesante la celebración de bautismos en fechas claves del calendario litúrgico el cual, tengamos en cuenta, rememora la historia de la salvación del pueblo de Dios. El significado de varias fechas especiales del calendario litúrgico se relaciona con el significado del bautismo. Así, p.ej., Pascua, el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad (1Cor 10); Pentecostés, el nacimiento de la iglesia por la actuación del Espíritu, así como el perdón de los pecados (Hech 2).

Por otro lado es necesario reflexionar acerca del lugar físico que damos, en el espacio litúrgico[5], a la propia celebración bautismal, así como a la pila bautismal. Si la pila bautismal se ubica, por ejemplo, en la entrada al templo, nos rememora cada vez que entramos al templo, que somos incluidos en la Iglesia de Jesucristo por el bautismo; que es Él quien nos incluye. Cabría preguntarse lo que expresa una pila bautismal o una simple fuente que solamente es visible cuando se celebran bautismos.

 

  • En cuanto a la catequesis:

Considerando que en los sacramentos la iglesia tiene la promesa de que valiéndose de la Palabra y de los elementos Dios baja a la experiencia humana auto-donándose; y que, entre otras cosas, en el bautismo incorpora a la persona “en el pacto de la gracia de Dios y con esto en la Iglesia de Jesucristo”, en la Santa Cena “alimenta y fortalece a la comunidad de fe”, “reconcilia a la creación entera y a los seres humanos entre sí”; es necesario que se trabaje profunda y seriamente los sacramentos en espacios de encuentros y en la catequesis. En este sentido, pueden resultar de gran relevancia la realización de seminarios bautismales, especialmente para padres, madres, madrinas, padrinos y para bautizandos jóvenes/adultos para una mejor comprensión y conciencia de lo que expresa el bautismo, en cuanto signo visible de la gracia, del hecho salvífico de Dios en JC.

En este sentido cabría preguntarse si la práctica de realizar una charla con padres/madres, padrinos, o el/la bautizando, previo al bautismo, es suficiente. Por otro lado, también es necesario revisar lo que se trabaja y cómo se trabajan catequéticamente los sacramentos.

Así también, es necesario e importante que los/as ministros y las personas que ejercen algún liderazgo en las comunidades, profundicemos acerca del significado de los sacramentos y su dimensión práctica litúrgica, pastoral, catequética, de la edificación de la comunidad.

Para seguir reflexionando y trabajando

Las consecuencias señaladas, sin pretensión de agotarlas, se refieren a la pregunta sobre cómo re-significar “los signos visibles de la gracia invisible” a partir de lo que sucede como experiencia en los mismos. Que en nuestra condición humana, pecadora, sin posibilidades de justificación ante Dios, ni de poder ganar su amor; podamos recibir esa gracia invisible. Pues Él, en su absoluta misericordia, baja hasta nosotros, se auto-entrega en la cruz, nos llama por nuestro nombre, crea comunidad, reconcilia a la creación entera y a los seres humanos entre sí.

Cabría preguntarse ahora lo siguiente: ¿Cómo experimentamos esa gracia en la vida comunitaria, en la vida de la congregación, de la iglesia? ¿Cómo la experimentamos en la sociedad, en el testimonio público, en la misión y evangelización, en la diaconía, en el vínculo con el prójimo?

¿En qué medida la gracia que se nos manifiesta y que experimentamos en la celebración de los sacramentos, se replica en las relaciones comunitarias y en la edificación de la comunidad? ¿En qué medida se replica en el vínculo con el prójimo; en la disposición por el servicio mutuo; en el “disponerse” para escuchar, acompañar, cuidar, alimentar, al prójimo; en el despojarse de prejuicios, de celos, de envidias, de juicios que tanto corroen la comunión y la vida comunitaria? ¿En qué medida se replica en tomar conciencia y saber que quien crea la comunidad no somos nosotros, sino aquél que baja hasta nosotros, aquél que se entregó en la cruz?

En otras palabras: Los signos visibles de la gracia invisible que recibió la iglesia ¿permiten, en las diversas instancias de la vida, vivir lo que está expresado ahí? ¿Cómo experimentamos esa gracia en los diferentes ámbitos de la sociedad?

En resumen: ¿Cómo se declina el Bautismo y la Santa Cena en el testimonio que damos como iglesia y como personas cristianas en la sociedad, en la docencia, en el oficio, en el compromiso social, etc.? En todo caso es importante considerar que el testimonio de esa gracia recibida nos pone a contrapelo con la sociedad que justifica y dignifica a partir de los méritos.

 

Pedro Kalmbach (08-10-2016)

[1] Me baso en: Gottfried Brakemeier, O ser humano em busca de identidade: Contribuções para uma antropologia teológica, São Leopoldo : Editora Sinodal; São Paulo: Paulus Editora, 2002, pp. 79-87.

[2] La IERP es una iglesia heredera de La Reforma Protestante y como tal reconoce solamente dos sacramentos: La Santa Cena y El Bautismo. http://ierp.org.ar/los-sacramentos/

[3] Normas de la Vida Eclesiástica de la IERP, apartado II.1

[4] Normas de la Vida Eclesiástica de La IERP, apartado III 1 y 2.

[5] El espacio litúrgico Del culto se refiera al espacio en el que se desarrolla/celebra El culto.

 

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