Viernes 1 de febrero

 

Por quien tenemos también, por la fe, acceso a esta gracia en la cual estamos firmes.

Romanos 5,2

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Gracia y paz son dos expresiones fuertes que Dios quiere para la humanidad. No son dos paquetes cerrados, pues Dios quiere que seamos partícipes de crear entornos de vida que tienen que ver con la generosidad. El concepto de gracia se refiere al don de vida gratuito, o también, a la vivencia de todas las cosas que dignifican al ser humano. Y ello en relación con sus prójimos.

Pero, ¿cómo se puede traducir esta expresión en nuestra vida cotidiana cuando vemos a nuestro alrededor pobreza, violencia hacia mujeres y niños y desigualdad económica, todo lo cual son pecados sociales que nos tienen, en mayor o menor medida, a todos como cómplices? Nos recuerda Elsa Támez que vivimos entrampados entre la promesa de la gracia de Dios, que significa justicia como un don, y el “mérito del estatus”. La vida en sociedad nos impulsa a ser reconocidos por la carrera que desarrollemos, los méritos laborales (el curriculum vitae), el poder económico y la capacidad de influir en la toma de posiciones políticas y sociales.

Pero el don de la gracia que nos viene de Dios tiene una propuesta integral, la cual consiste en poder ser críticos a la deshumanización del mundo competitivo y en la toma de partido por las personas y los grupos más vulnerables. Dios nos regala la capacidad de accionar a favor de las personas desplazadas del poder político, económico y social: ¡para eso nos llama como Iglesia!

La gracia de Dios es revelada en la misión, Dios en acción. Desde las primeras palabras de la Biblia, Dios está obrando. Dios crea, se mueve, habla, forma, ordena y comparte su lugar. (Timothy Harris).

Wilma E. Rommel

 

Romanos 5,1-11