Viernes 10 de enero

 

Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo: “Sígueme”. Leví se levantó y lo siguió.

Jesús les dijo (a los fariseos): “Los que están sanos no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Marcos 2,14.17

¿Ojos humanos u ojos divinos?

Una vez leí una frase que debería estar en un cuadro en cada templo. La frase decía: “No te olvides que la iglesia no es un museo de santos, sino un hospital de necesitados.”

Muchas veces en nuestras comunidades de fe actuamos de la misma manera que los fariseos. Criticamos a los que desde nuestra óptica son pecadores y, al condenarlos, les cerramos las puertas porque no tienen cabida en la iglesia.

O suele pasar que criticamos al pastor que no le dedica tiempo a los del círculo más cercano a la parroquia sino que se dedica a estar en la mesa de aquellos que “no pagan la cuota” o “no vienen a la iglesia”. “Eso es perder el tiempo.”

Otras veces, y lo he escuchado con frecuencia, es el pretexto perfecto de aquellos que no quieren congregarse, cuando argumentan que la iglesia está llena de hipócritas que en su vida cotidiana no condicen con la fe cristiana pero el domingo están en los primeros lugares en el culto. Jesús nos desafía a descubrir una manera diferente de ver la cosa. El desafío de la iglesia (que nos incluye a todos) es el de ayudar a la gente a encontrarse con Dios y cambiar su vida. Todo el que se acerca a Cristo en busca de sanación espiritual encuentra su medicina y puede sanarse. Qué lindo cuando en una comunidad de fe sus miembros se alegran porque alguien que tenía una vida errada, sea lo que fuese, se “sane” y encuentre en su nueva comunidad un espacio para fortalecerse y no

caer. Y se celebre que la medicina que da Jesús ayude a sanar.

Pablo Münter

Marcos 2,13-17