Viernes 11 de agosto

 

 

Hasta este punto lo escucharon; pero entonces comenzaron a gritar: “¡Ese hombre no debe vivir!“ 

Hechos 22,22

Sus palabras y sus actitudes eran insoportables a los oídos de quienes se encerraban en su propio punto de vista y no querían escuchar el mensaje de Pablo. ¿Suficiente motivo para decir que alguien no merece vivir?

Y, sí. Así, sin darnos cuenta, actuamos muchas veces. No salimos a matar al que piensa diferente, pero no le hablamos más, lo criticamos, lo desprestigiamos, y si le podemos inventar alguna historia negativa, mucho mejor.

Pasa en muchos matrimonios divorciados, hijos peleados con sus padres, hermanos que disputan una herencia… Compañeros de escuela y de trabajo, y podemos seguir.

Mientras escribo estas reflexiones (noviembre 2015), dos hechos están sucediendo que me lo demuestran. Uno, más casero y cotidiano, las peleas políticas entre dos candidatos a presidente en el balotaje de mi país. Ideas diferentes, y no tanto. Pero lo importante no es discutir ideas sino ver quién desprestigia más al otro y, de alguna manera, lo “mata” con críticas y cosas muchas veces inventadas. Y lo más triste es que todos nosotros nos enganchamos en esta metodología.

Lo segundo, mucho más grave, son los atentados en Francia y la guerra descarnada contra grupos religiosos islámicos. Más allá de las causas y si estas son justificadas o no o si los unos tienen razón sobre los otros o viceversa, el “ama a tu prójimo como a ti mismo”, parece que ha dejado de ser una premisa de convivencia, ya que parece que en este mundo el que piensa diferente a lo establecido debe morir.     

¿Y si practicamos el diálogo, el decir abiertamente lo que queremos recibir del otro, lo que sentimos, lo que no nos gusta, desde la idea de buscar crecer juntos hacia una relación mejor?

Pablo Münter

Hechos 22, 22-30