Viernes 11 de octubre

 

Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edifico una torre y la arrendó a unos labradores y se fue lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos.

Mateo 21,33-34

Con esta parábola, Jesús está sacudiendo la conciencia de nosotros los cristianos que nos consideramos sus discípulos, que estamos acá representados por los labradores, cuyas características parecen ser:

  1. Buenos y esforzados que creían tener derechos y razón.
  2. Vivían “de prestado” (alquilaban), no eran dueños.
  3. Se habían esmerado en conseguir lo mejor en viñas.
  4. No quisieron compartir ganancias ni pagar al señor.
  5. Después de varios intentos “el dueño y señor” perdió la paciencia, les quitó la viña, dándosela a otros.

La advertencia está clarísima para que pensemos en nosotros mismos, en nuestra responsabilidad como creyentes en el Señor, y con qué seriedad la estamos asumiendo.

Sabemos que todo labrador debe contar con herramientas para hacer bien su trabajo. Para el cristiano-labrador se le hacen indispensables (como palas y azadas) instrumentos de trabajo tales como: amor, paz, perdón, solidaridad, bondad, justicia, generosidad…, se puede agregar mucho más.

Otro detalle importante es mantenerlas aceitadas, en buen uso cotidiano para no dejarlas oxidar.

Me paro frente al espejo y me pregunto: ¿Cómo están mis herramientas hoy? ¿Aceitadas o con óxido?

La viña es de Dios y Señor; nosotros estamos puestos en ella para trabajarla y hacerla producir, entregando los frutos al dueño de la propiedad. Todos tenemos una misión en la vida, para cumplirla Dios nos ha dado viñas de acción y talentos para hacerlas “rendir” como él espera. En ello nos va la vida.

Voy en tu nombre, mi Señor, a realizar hoy mi deber, en pensamiento o en acción, sólo a ti quiero obedecer. (Cántico Nuevo Nº 374)

Mateo 21,33-46