Viernes 16 de junio

 

 

Cuando ya se encontraba cerca de la ciudad de Damasco, una luz… brilló de repente… Saulo cayó al suelo, y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Hechos 9,3-4

¡Qué relato tan impresionante! Para algunos creyentes es “el” paradigma de la conversión.

¿Te ha pasado alguna vez que tu vida se dio vuelta en un segundo? Puede ocurrir: de un momento a otro una persona madura se queda sin trabajo; o muere el compañero o compañera de la vida, o un hijo;  un ACV u otra enfermedad te deja discapacitado para siempre. Súbitamente, se pasa de la abundancia al ahorro, del poder a la debilidad, de la felicidad a perderlo todo. Hay que cambiar la manera de vivir, de pensar, de relacionarse.

Saulo, de perseguidor implacable a quedar completamente ciego, es conducido por otros a la ciudad, porque “no podía ver” (v. 8). Cuando atravesamos aquellas circunstancias, percibimos también que estamos como en shock, enceguecidos en el primer momento por la conmoción, sin ver salida ni futuro. Hay que resurgir como resucitados a una vida nueva “encendiendo otro fuego sobre las cenizas y edificando otros sueños donde murió el primero” (René Trossero).

Saulo tuvo la contundencia de la voz de Jesús mismo que le dijo que estaba ahí, cuestionando su persecución a los cristianos, además de los testigos que también lo oyeron para que no creyera que todo era fruto de su subjetividad. Sin embargo, es más difícil para nosotros vislumbrar que detrás de una crisis profunda está Dios, quien nos da una oportunidad de cambiar el rumbo de nuestras vidas.

Allí quedó Saulo en Damasco, sin comer ni beber nada. Aparentemente, quedó paralizado con la nueva situación. Sin embargo, Dios ya estaba preparando el siguiente paso. Mañana veremos cómo se resuelve este estado de Saulo.

Si caemos vencidos por la fuerza que arrebata nuestros sueños, nos encierra en soledad; si arrastramos la angustia cada día, Dios nos da vuelta la vida, nos contagia su poder… (Canto y Fe Nº 239)

Patricia Haydée Yung

Hechos 9,1-9