Viernes 17 de agosto

 

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Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad.

1 Juan 1,8-9

La palabra “pecado” a la gente de nuestro tiempo ya no le dice mucho. Preferimos hablar de un error, un desacierto o una equivocación. Los seres humanos difícilmente admitimos que por naturaleza somos pecadores, y que ésta es la causa por la cual cometemos muchas faltas con las cuales ofendemos y herimos a nuestros semejantes, entristecemos a Dios y nos dañamos a nosotros mismos.

Vemos diariamente por los medios de comunicación noticias sobre personas que, luego de haber cometido delitos aberrantes, se declaran inocentes.

Tal como en tiempos de Adán y Eva, los seres humanos acostumbramos culpar a otros o justificarnos en lugar de reconocer y asumir nuestra desobediencia y pecado.

En el otros tiempos con más frecuencia las personas buscaban la ayuda de un o una ministro de la iglesia para confesarse y desahogar su conciencia cargada de culpa. En nuestros días, en cambio, las personas tratan de relativizar estos sentimientos o reprimirlos. Algunos, por esta causa, sufren alteraciones psíquicas y físicas, y deben recurrir a algún profesional de la salud.

Mientras decimos que no tenemos pecado o lo ocultamos, no encontraremos la paz.

Pero si confesamos nuestro pecado delante Dios con un corazón arrepentido, recibiremos el perdón y la paz para nuestra vida.

Oró el salmista: Mientras no confesé mi pecado, mi cuerpo iba decayendo por mi gemir de todo el día, pues de día y de noche tu mano pesaba sobre mí… Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad; decidí confesarte mis pecados, y tú Señor, los perdonaste. Amén. (Salmo 32,3-5)

Bernardo Raúl Spretz

1 Juan 1,5-10