Viernes 19 de junio

 

Entonces el Señor se dirigió a Salomón y le dijo: “En cuanto al templo que estás construyendo, quiero decirte que, si te conduces conforme a mis leyes y decretos, y cumples todos mis mandamientos portándote conforme a ellos, yo cumpliré la promesa que hice a David, tu padre, respecto a ti; y viviré entre los israelitas, y no abandonaré a Israel, mi pueblo”.

1 Reyes 6,11-13

Generalmente todas las comunidades cristianas se reúnen para celebrar sus cultos a Dios en un templo. Y los hay de todas medidas, formas, arquitecturas, modelos, colores. Pero con toda seguridad todos hechos con mucho amor y con el principal objetivo de engrandecer el nombre de Dios y tener un lugar donde reunirse para alabarlo, escuchar su palabra, sentir la presencia del prójimo.

Es muy famoso el templo que construyó Salomón, con medidas exactas y muchos detalles, sin embargo Dios mismo le deja entender que la vida como pueblo de Dios va más allá de cualquier construcción. Esa vida tiene que ver con el comportamiento y con la apreciación de los mandamientos en la vida de cada uno y de la comunidad. De nada vale tener un hermoso templo y que el pueblo haga lo que al pueblo le parece, desestimando los mandamientos del Creador.

Una palabra del Nuevo Testamento dice que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Esta palabra nos hace receptores a cada uno de algo muy valioso. Quizás deberíamos prestar atención a que, así como en toda la historia del pueblo de Dios, y hasta nuestros días, se le da mucha importancia al templo material también podamos valorar nuestro cuerpo como templo y el cuerpo del prójimo. No para cuidarlo en demasía volviéndonos fanáticos de nuestra visual, pero sí como una manera de cuidar algo que Dios ha creado y valorar la vida, la tuya y la de los demás.

Que cada vez que entres a un templo, puedas apreciar esa manifestación del pueblo de Dios hacia su Creador y también te sientas parte de su creación y así te den y nos den ganas de cumplir sus mandamientos.

Armando Weiss