Viernes 20 de julio

 

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Cuando ya habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el agua y tuvieron miedo. Él les dijo: -¡Soy yo, no tengan miedo!

Juan 6,19-20

Lo que en el gran concierto universal parece una nimiedad, en la superficie de la cotidianidad puede tener matices dramáticos para la vida, la salud, la existencia humana y la naturaleza toda.

En nuestro pasaje bíblico vemos cómo los discípulos se pusieron en camino, seguramente como de costumbre, como probablemente lo hacían en forma regular, para terminar encontrándose con imprevistos serios, que hacían a su misma existencia. Una circunstancia en la cual la presencia divina trajo la armonía necesaria para la tranquilidad y confianza en el viaje de la vida, como ocurre aún, como nos sucede tantas veces.

Sabemos que es así, lo experimentamos una y otra vez. Ocurre en nuestras vidas y sacude nuestra existencia. Todos lo hemos experimentado. Cuando todo parece detenerse en la vida, también en la nuestra, podemos apreciar y dimensionar la esencia del Evangelio, la cercanía del eterno y trascendente Jesucristo en la aventura de su raudo acercamiento a nuestro día a día en medio del mundo, desde la inmensidad del universo, y todo para ocuparse de la humanidad. De nosotros.

¡Qué hermoso es saber que la nave de la vida, de nuestra vida, no encallará si recibimos a Jesucristo a bordo de la misma! Lo de hoy es una hermosa vivencia de los discípulos del Señor para ayudarnos a cultivar la certidumbre de su permanente acercamiento a nuestro mundo, a nuestra tierra, en medio de sus tormentas, para pacificar nuestras mentes, almas y espíritus. Siempre de nuevo, desde la eternidad a nuestra realidad. Para trasladar su verdad y voluntad eterna, su paz de vida a nuestro día a día, y sumar confiadamente el poder de su amor a nuestra capacidad para resolver los problemas que nos paralizan y orientarnos hacia la libertad de un destino seguro. Del desconcierto a la gracia.

En resumen, dentro de toda su grandeza, a pesar de nuestra pequeñez, para Dios somos enormes. Así nos lo hace saber al acercarse a nosotros para vida. Amén.

Ernesto Weiss

Juan 6,16-21