Viernes 23 de agosto

 

Este es el mensaje que Jesucristo nos enseñó y que les anunciamos a ustedes: que Dios es luz y que en él no hay ninguna oscuridad.

1 Juan 1,5

En el día de ayer reflexionamos acerca del compromiso que tenemos de anunciar lo visto y oído, hoy el texto ahonda en el contenido del anuncio: que Dios es luz y que en él no hay ninguna oscuridad.

Si debiéramos poner un título a la historia de la humanidad, considero que el de “luces y sombras” sería una buena opción. Dios, desde la misma creación destinó al mundo a la luz. De hecho, fue lo primero que él creó según nos cuenta Génesis. Pero ese plan divino original pronto se opacó con las sombras que resultaron del uso indebido del hombre de su libertad. Su ambición de querer parecerse a Dios, su afán de poder y dominio han traído a lo largo de la historia grandes desequilibrios, enfrentamientos y luchas que tienen el efecto de sombras y manchas en medio de la luz.

El texto de hoy nos llama a resignificar el valor de la luz, como plan original de Dios para la humanidad. Es un llamado a la conciencia a que despertemos y no naturalicemos las sombras y oscuridades del pecado del que suelen hacer rating los noticieros.

Es un llamado a despertar a nuestra vocación y compromiso de ser hijos de la luz, y llamar al pecado por su nombre cuidándonos de las complicidades de la mentira, envidia, corrupción.

Dios es la fuente de la luz de la que debemos “recargar” nuestras baterías para poder iluminar nuestro andar y orientar nuestros pasos hacia su voluntad. Esa luz quiere alumbrar nuestras conciencias para sincerarnos y reconocer las manchas oscuras en nuestras vidas que nos quitan el goce de una vida plena.

Dios nos ofrece su luz que nos señala el camino de la confesión y el arrepentimiento, para en su gracia limpiarnos de toda sombra y maldad que opaca nuestra existencia. Dejémonos inundar por esa luz.

Hilario Tech

Mateo 11,20-24; 1 Juan 1,5-10