Viernes 24 de enero

 

Me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo.

1 Corintios 2,3 Pablo, el gran apóstol, teólogo de altísimo nivel, principal pensador

de la iglesia naciente. Aquí manifiesta la otra cara de su vida, tal vez la

verdadera. Y lo entiendo perfectamente y, ¡cómo lo entiendo!

Primer domingo de marzo del año 1991 en Colonia Alicia Alta. En aquella época un rincón olvidado de la provincia de Misiones en el nor- este argentino. Hacía muy poco que había llegado desde mi Alemania natal. En mi mochila muchos años de teología, en mi cerebro todo bien ordenado, las famosas frases y conceptos de los grandes maestros, ideas e ideales.

Mi primer culto, en un idioma que no era el mío, en un contexto total- mente nuevo y distinto. Llegué una hora antes a la capilla de madera. De repente me atrapó una sensación como si en aquella mochila ya no hubiera más nada, como si de golpe, para lo que vendría, de nada me serviría todo el “saber” acumulado. No hacía calor aquella mañana, pero transpiraba y mi estómago hacía ruidos. Entré en la capilla, preparé mis “cosas”, con manos que temblaban traté de afinar la guitarra. Y entonces se abre la puerta y entra Don Laube, un hombre de unos sesenta años y con una cara tan alegre y amable. Me saludó con un fuerte abrazo, y en su alemán del siglo IXX me dice: “… yo sé muy bien cómo te sientes. Lo veo en tu cara. Pero no te preocupes, lo único que tienes que hacer es predicar el Evangelio. Para eso nuestro Señor te

dará su Espíritu, el coraje y la alegría.”

Luego nos sentamos en un banco y oramos juntos…

Gracias, mi Señor, por permitirme hacer estas experiencias sencillas y profundas a la vez, gracias por haber puesto en mi camino tes- tigos que con su humildad y auténtica fe me ayudaron a no perder la mía. Amén.

Reiner Kalmbach

1 Corintios 2,1-9

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