Viernes 6 de julio

Yo te conocí en el desierto, en tierra seca.

Oseas 13,5

¿En qué Dios confiamos? ¿En qué Dios esperamos?

Teniendo en cuenta el modelo que nos propone el mundo, tendría que ser un Dios triunfalista, que nos ayude a progresar, a tener un buen pasar, donde siempre nos vaya bien, donde tengamos prestigio, dinero… Y Dios tiene que estar allí para solucionar los problemas y las dificultades que se presenten, como con un toque mágico. Pero… ¿ése es el Dios que nos presentan los profetas? ¿Ése el Dios que nos muestra Jesús?

A lo largo de la Biblia nos encontramos con experiencias de personas y grupos que confiaron en Dios, que pusieron en sus manos sus alegrías y sueños, sus tristezas y preocupaciones, pero eso no implicó que tuvieran respuestas rápidas y mágicas ante las dificultades que se les presentaban, que todo fuera alegría, que no hubiera dolor. Lo que sí tuvieron fue la certeza de que no estaban solos, que Dios los acompañaba y que estaba atento a ellos en todo lugar, en todo tiempo, en toda circunstancia. Siempre estaba para sostenerlos, para levantarlos, para darles ánimo, así como para alegrarse y celebrar junto a ellos. Un Dios que no los deja, que no nos deja solos en el “desierto”, en la “tierra seca”, sino que allí está con mayor fuerza e intensidad, no sólo acompañándonos, sino también dándonos las herramientas para poder salir, para poder seguir, para vivir plenamente.

Aunque ande por valles de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú, Señor, estarás conmigo, tu vara y tu bastón me infundirán aliento. (Salmo 23,4). Amén.

Mónica  Hillmann

Oseas 13,1-14