Viernes 7 de junio

 

Me parece necesario mandarles al hermano Epafrodito, mi compañero de trabajo y de armas, al que ustedes mismos me enviaron para atender mis necesidades.

Filipenses 2,23

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Filipos, después de Roma y Alejandría, era la tercera ciudad en popularidad en el imperio grecorromano. Su constante tránsito comercial, cultural y religioso hacía que esta ciudad multicultural creciera en convivencia. La pequeña comunidad de fe decide enviar a Epafrodito, después que Pablo fuera preso en Roma, para cuidarlo y acompañarlo.

Pablo sabe que la comunidad de Filipos extraña a Epafrodito. Su decisión de enviarlo de regreso junto a Timoteo tiene un fin: que sea mensajero. Al fin de cuentas, Epafrodito es el más indicado para articular el amor de Dios en palabras y acciones.

La circularidad de cuidado y agradecimiento es una marca en el texto de Filipenses cuya raíz es la bendición de la regeneración de relaciones en Cristo. No hay forma de aprender a llevar el mensaje de cuidado amoroso sino por medio del aprendizaje de servir. El amoroso servicio es como el abrazo de Dios vivido en carne propia por Pablo.

Hoy, cada persona en la comunidad de fe está invitada a hacer un poquito más real este abrazo de Dios – y no guardarlo ingratamente en uno. La presencia de Epafrodito, quien no habla, pero actúa en amor profundo – un rol sólo de siervos – permite afirmar que la convivencia en dignidad y en comunidad es posible. Esas humildes expresiones resultantes de nuestra conversión al mensaje de Dios permiten que el abrazo divino nos contagie del poder de convivencia que transmite e inspira esperanza.

Oración: Dios, haznos conscientes de la deuda de tu amor para cuidarnos mutuamente.

Patricia Cuyatti

Filipenses 2,19-30