Viernes 7 de septiembre

 

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Señor, ¿hasta cuándo gritaré pidiendo ayuda sin que tú me escuches? ¿Hasta cuándo clamaré a causa de la violencia sin que vengas a liberarnos?

Habacuc 1,2

Como un eco resuenan en mis oídos estos mismos reclamos del profeta Habacuc, en las quejas de muchos que en adversidades y problemas de la vida, esperan la intervención divina que cambie el rumbo de sus historias.

Me animo a decir que éste es uno de los reclamos más frecuentes con los que nos confrontamos en el trabajo pastoral.

¿Hasta cuándo…? Se preguntan los padres angustiados frente a la enfermedad terminal de su hijo internado. ¿Hasta cuándo…? Se preguntan nuestros campesinos y agricultores que esperan precios dignos por sus cosechas. ¿Hasta cuándo…? Se preguntan nuestros abuelos jubilados que ofrendaron trabajo y cansancio para hoy apenas subsistir. ¿Hasta cuándo…? Se pregunta el pueblo engañado por promesas electorales incumplidas.

Al igual que el profeta Habacuc, nos sentimos inquietos ante la aparente indiferencia de Dios que no hace lo que quisiéramos, y en el tiempo que quisiéramos, para cambiar la situación de injusticia, dolor, enfermedad y sufrimiento que padece nuestro mundo actual. A esta inquietud se ha enfrentado a lo largo del tiempo y los siglos toda mente que piensa y reflexiona.

Desde la frágil condición humana el profeta se pregunta, y desde su condición de hombre de fe busca dar respuestas, dando testimonio de un Dios que está atento y vigilante a lo que le sucede a su pueblo, que es justo, y que no es indiferente al dolor, la preocupación y el sufrimiento de sus hijos. Un Dios que regala fuerzas para resistir, y da a nuestras piernas la ligereza de un ciervo, para llevarnos a las alturas donde estaremos a salvo. Un Dios que tiene sus propios pensamientos, ideas, tiempos y manera de actuar, que no son las de los hombres, como ya lo afirmó el profeta Isaías (55,8).

Es interesante destacar que el nombre de Habacuc significa abrazar, tomar en brazos. Una linda imagen que habla de un Dios que abraza su pueblo, lo toma en sus propios brazos para consolarlo, sostenerlo, alentarlo y tranquilizarlo.

Que también nosotros, y a pesar de las muchas preguntas que tengamos, podamos sentir ese abrazo de Dios en nuestras propias vidas. Amén.

Hilario Tech   

Habacuc 1,1-11