Viernes 8 de septiembre

 

 

Moisés y Aarón, inclinándose hasta tocar el suelo con la frente dijeron: “Oh Dios, tú que das la vida a todos los hombres, ¿vas a enojarte con todo el pueblo por el pecado de un solo hombre?”

Números 16,22

Este episodio me recuerda cuando en la escuela nos hacían quedar a toda la división después de hora como castigo por la transgresión de uno de los compañeros (esos castigos, claro está, hoy en día no se aplican más). Nos parecía injusto.

Obviamente, la situación a la que se refiere el texto de hoy era mucho más grave. Dios pretendía destruir a todo el pueblo. Pero finalmente –sea por la intercesión de Moisés y Aarón o por su propio sentido de justicia- no lo hace. Sólo son castigados el promotor de la rebelión y sus cómplices. Así y todo, el castigo es terrible: junto con todos sus familiares y pertenencias, animales inclusive, son tragados por la tierra.

Más allá de la verosimilitud de este relato, la historia humana está llena de situaciones semejantes: guerras, catástrofes naturales, accidentes ferroviarios, naufragios etcétera. ¿Quién es culpable? ¿Por qué deben morir muchos por los desatinos de unos pocos? ¿Somos todos cómplices? ¿Dios aprovecha para castigarnos por transgresiones que fuimos sumando con el correr del tiempo? Son las preguntas recurrentes. En rigor de la verdad, absolutamente nadie es inocente ante Dios. Y si vivimos o sobrevivimos es por su gracia, Si morimos es nuestro natural destino. Por ello, cada día que vivimos es un privilegio, un inmerecido regalo de Dios. Vivamos, pues, con alegría y agradecimiento y pensemos en consultar a Dios antes de emprender cualquier cosa, evitando así incurrir en rebelión contra su voluntad.

Federico H. Schäfer

Números 17,16-26