Viernes 9 de noviembre

 

Al cabo de mil años, Satanás fue puesto en libertad de su prisión, y salió a engañar a las naciones que están en los cuatro extremos de la tierra.

Apocalipsis 20,7-8

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Estos mil años dieron mucho que hablar en la historia de la Iglesia. Hay quienes consideran el libro del Apocalipsis como el GPS del más allá, la literal hoja de ruta del tiempo escatológico. Si así fuera estaríamos priorizando este libro como si fuera el canon especial dentro del canon bíblico, pues todos los demás libros bíblicos quedarían subordinados ante las visiones y descripciones delineadas y preestablecidas en el Apocalipsis. Eso es en efecto por lo que han optado determinados movimientos religiosos. Pero al interpretar literalmente cada imagen, figura, símbolo o descripción cósmica de los cielos y la tierra, tanto del presente como del futuro, deberíamos asimismo explicar los demás textos bíblicos en su extrema literalidad… y nos quedarían sobrando los trasfondos históricos, sociales, culturales, religiosos y políticos de cada época bíblica. La interpretación literal de un texto bíblico como el Apocalipsis predispone para el fundamentalismo religioso.

La liberación de Satanás después de mil años de encierro  nos da a entender que, pese a la profunda convicción de la victoria final que Dios tiene preparada para los suyos, el mundo presente todavía está contaminado por el pecado, la injusticia, los sufrimientos y la muerte. Estamos en el mundo de lo provisional, y cuesta mucho para que el mensaje de Cristo prenda y se afiance en el mundo. Para ello la Iglesia debe permanecer firme y avanzar en medio de sus debilidades propias y la tendencia a la disolución en la sociedad. No es fácil ser iglesia de reyes y sacerdotes (Apocalipsis 1,6. 20,6), no porque pertenezcamos a una clase social más distinguida que el resto sino porque, en esperanza, los reinos del mundo han llegado a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos. (Apocalipsis 11,15).

En esa carrera estamos; Cristo la corrió primero y nos espera al final del camino.

Álvaro Michelin Salomon

Apocalipsis 20,7-10