Culto de Pentecostés de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata

 

#IERP #Pentecostes #Celebracion Con participación de laicos y ministros de la IERP y la guía del Pastor Presidente de la iglesia Leonardo Schindler, las comunidades celebraron unidas el Culto de Pentecostés, este domingo 31 de mayo.

Huesos secos. Un valle lleno de huesos secos. Allí donde alguna vez hubo vida solo quedaba ruina, desolación y muerte. La imagen sin lugar a dudas es estremecedora y representa el sentimiento que atravesaba al pueblo de Dios en medio del exilio en Babilonia. Y no era para menos.

En el año 597 AC,el rey babilónico Nabucodonosor invadió la capital del reino de Juda, la ciudad de Jerusalem. En ella puso a gobernar a  un nuevo rey y llevó cautivos a Babilonia a una parte de su población, entre ellos el profeta Ezequiel. Fue un golpe muy duro para el pueblo de Dios y los desterrados vivieron ese tiempo entre la desazón y la esperanza de un pronto retorno a su tierra, a su templo, a su propio pueblo.

Las ansias por retornar eran demasiado grandes. Por supuesto que no faltaron falsos profetas que alentaron un pronto regreso a la antigua normalidad. Pero también hubo profetas como Jeremías o Ezequiel que intentaron señalaron que antes de regresar,  era fundamental entender por qué estaban en Babilonia,  a fin de no repetir los errores del pasado. El exilio en Babilonia no era un castigo divino pero si el resultado de andar lejos de los caminos de justicia que Dios había señalado a las autoridades y al pueblo también. Las autoridades,  confiándose de sus habilidades y guiadas por sus intereses, hicieron  alianzas con poderos que tenían sus propios proyectos, sus propios dioses. Y entonces, los intereses de unos pocos fueron más importantes que las necesidades  de las mayorías y  lo que era de todos se usó únicamente en favor de uno pocos. El exilio era en parte el resultado de políticas de opresión, de alianzas espurias a espaldas del pueblo, etc,etc. El Reino ya estaba quebrado antes de ser invadido.

Tras la caída definitiva de Jerusalem en el 587 AC todas las esperanzas de un pronto retorno se desvanecieron. Y entonces aquellos mismos profetas  que habían sido muy críticos, ante la magnitud del desastre y del dolor, se ocuparon de  transmitir un mensaje de esperanza de parte de Dios. El texto que acabamos de compartir es uno de ellos.

En medio de ese valle repleto de huesos secos Ezequiel recibe una pregunta que va al corazón de la esperanza y también de la Fe: ¿Crees tu que estos huesos pueden volver a tener vida? Ezequiel responde: “Señor, solo tú lo sabes”.

Y mientras Ezequiel habla, el Señor obra. Primero  un fuerte sacudón que no fue para desparramar, sino más bien para unir lo que estaba disgregado. Luego un viento que salió desde los cuatro puntos cardinales trayendo aliento de vida. Esta es la esperanza que el profeta deberá transmitir: Que el pueblo volverá a ponerse de pie gracias al actuar poderoso de Dios y al soplo de su Espíritu Santo.

Queridas hermanas, queridos hermanos, al leer y reflexionar sobre este pasaje de la Escritura tan lleno de dramatismo y esperanza al mismo tiempo es imposible no remitirse a lo que hoy nos está sucediendo a nivel global: La pandemia desatada a partir del covid 19.

De repente, un enemigo invisible e inesperado para la inmensa mayoría de la población mundial se metió en nuestras vidas sembrando más incertidumbre, más dolor, más crisis, más muerte.

Cientos de miles de personas han muerto y no tenemos idea de cuántas más morirán a causa de este  virus. Los sistemas sanitarios colapsan, los respiradores no alcanzan para todos, ni siquiera las camas de los hospitales. Y al no contar con una vacuna que nos inmunice estamos obligados a guardar distancia y a buscar refugio y cuidado en un aislamiento que sin lugar a dudas nos protege, pero que tiene consecuencias en distintos campos de la vida humana: economía, trabajo, salud emocional, vínculos. Consecuencias que ya se vislumbran y otras que aún resultan impredecibles y que llenan de angustia los atribulados corazones.

¡Cómo no esperar que todo esto termine de una buena vez! Todos y todas estamos esperando que esto termine y así volver a la vida que conocimos hasta hace algunos meses. Volver a estar sanos, a encontrarnos, a trabajar, a producir, a disfrutar, volver a las escuelas, las universidades, volver a celebrar los cultos, a gritar el gol del equipo favorito, volver a los bares, a los restaurantes, a correr, volver a las calles, a las plazas, los paseos, el cine, el teatro. Volver a marchar, por qué no. Incluso volver a tener la oportunidad de despedir a nuestros seres queridos con dignidad, posibilidad que nos ha sido cruelmente arrebatada en este último tiempo. Es el deseo que hoy está en lo más profundo de muchísimos corazones. Y es posible que en un futuro no muy lejano algunas actividades que hoy tanto extrañamos y necesitamos se vayan retomando poco a poco, con algunas protecciones, hasta que finalmente se encuentre una vacuna que nos inmunice ante el virus que provoca la enfermedad.

Ahora bien, estimados hermanos y estimadas hermanas, no deberíamos perder la oportunidad de hacer de esta crisis una instancia para  revisar las causales que dieron origen a la misma, no solo porque ello nos ayudará a aprender, sino porque no hacerlo nos expondrá a la posibilidad de nuevos peligros que nos golpeen con dureza. 

La aparición del COVID 19 y la pandemia desatada a partir del mismo ha desnudado dos fragilidades. La primera de ellas,  nuestra fragilidad como seres humanos. Las falsas y superficiales  seguridades sobre las cuales se edificaban  el orgullo humano han estallado en mil pedazos. No hay mérito personal que nos vuela inmune y nos brinde completa seguridad.  Tampoco sirvieron las tropas, los escudos anti misiles, las barreras a los inmigrantes, los muros que separan países, las predicciones del Big data…

De repente un hecho de la naturaleza, un virus que muta y pasa de los animales al ser humano y de humano a otro humano, se convierte en una tragedia que nos advierte con cruel seriedad que no tenemos la capacidad para manejar completamente la naturaleza,  dominándola en toda su magnitud.

La segunda de las fragilidades desnudadas por la aparición de este virus es la social. El COVID 19 expuso globalmente las enormes desigualdades en las que vivimos y deja en claro que no solo estamos escasos de hospitales, sino también de hospitalidad.

Ya antes, mucho antes de esta pandemia, el mundo se había  convertido en un espacio hostil sin condiciones de vida para todas las personas por igual.

Ya antes de la pandemia había personas viviendo en condiciones de hacinamiento; que dependen de un trabajo precario, de una changa, de un rebusque; que si se enferman no trabajan y si no trabajan no comen; donde el agua no sale de una canilla sino que hay que ir a buscarla el baldes quien sabe a dónde; personas vulnerables a las enfermedades porque si reciben atención médica no tienen para los tratamientos o los medicamentos; ya antes de la pandemia algunos chicos no iban a la escuela o iban salteado o solamente para comer.  Ya antes de la pandemia había mucha gente que no tenía trabajo. Ya antes de la pandemia hay personas expuestas a todo tipo de vulnerabilidad a causa de la desigual distribución de ingresos y exigencia de esfuerzos. 

Ya antes, mucho antes de que el covid 19 se globalizara, el mundo estaba perdiendo la sensibilidad para contener a los que más sufren. El afán por la rentabilidad y el lucro no solo infectaron la mayoría de las actividades humanas sino también los pensamientos. Es preocupante la multiplicación de  imaginarios comunes que aprueban el individualismo, desalientan lo comunitario, lo público, lo político, naturalizan las desigualdades y al mismo tiempo levantan la pregunta ¿por qué debería ocuparme del otro/otra? ¿Acaso somos guardas de los demás?

Ya desde antes de la pandemia todo lo referido a la promoción social y a la ampliación de derechos eran mirados con desconfianza y no faltaron gobiernos que hicieron de la desinversión en el  sector público una política de Estado.

Las redes de comunión, contención y empatía estaban rotas y fragmentadas desde hacía mucho, y quizás por eso, una enfermedad  se convirtió en una verdadera catástrofe, no solo por su gravedad y por la falta de vacuna, sino porque nos encontró frágiles tal cual lo somos y en medio de una sociedad a la cual no solamente le faltan hospitales sino  también   hospitalidad.

Por eso creo que la imagen de un valle de huesos secos puede reflejarnos: huesos secos, juntos en una misma sociedad, pero desligados los unos de los otros.

De allí que la pregunta que recibió  Ezequiel vuelve a ser pertinente para nosotros hoy: ¿Podrán tener vida esos huesos secos? ¿Seremos capaces de construir una sociedad cuyo horizonte se nutra de empatía y donde lo individual y lo colectiva se unan sanamente lo individual? ¿Seremos capaces de recuperar la percepción empática por el sufrimiento ajeno y la certeza de la solidaridad? ¿Seremos capaces de hacer una sociedad más igualitaria y hospitalaria? ¿Podrán tener vida esos huesos secos? 

“Solo tú Señor lo sabes”.

La historia hoy está abierta, impredecible e incontrolable. No sabemos a ciencia cierta hacia dónde soplará el viento de la historia, pero sí podemos tener la certeza de que el Señor va a obrar en ella.

Esa es nuestra esperanza y la esperanza que estamos llamados y llamadas a transmitir: Que en medio de la historia el Espíritu Santo de Dios está soplando para dar nueva vida. 

Mientras tanto, y fortalecidos por esa esperanza de transformación, no nos cansemos de continuar la obra de Dios en el mundo. Dios actúa mientras nosotros actuamos, nosotros actuamos mientras el Señor actúa. Denunciemos con todas las letras la caducidad de cualquier modelo socio económico que genere desigualdades y promueva los odios como forma de sostenerse a sí mismo, porque somos frágiles y la vida no es posible en un mundo tan hostil.

Reclamemos ante quienes tienen la responsabilidad de hacerlo por  medidas globales que generen más equidad en todos los órdenes de la vida y promueva vínculos saludables y justos entre las personas y los países; medidas globales que  garanticen la preservación de los recursos naturales necesarios para la vida.

Y también construyamos comunidades que guiadas por el Espíritu Santo, sean reflejo y testimonio público de aquello que denunciamos, de las medidas que reclamamos y de la hospitalidad que hace falta, para que así el mundo crea que es posible un mundo distinto.

Ven Espíritu de Dios y sopla en medio de este mundo y en nuestras vidas. Que así sea. Amén.

Pastor Leonardo Schindler

Pastor Presidente IERP



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