Domingo 13 de agosto

 

 

10º domingo después de Pentecostés, 19º en el año

Al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y como comenzaba a hundirse, gritó: — ¡Sálvame, Señor!

Mateo 14,30

Cuando niño tenía miedo de noche. Cualquier ruidito, movimiento, sombra etcétera era motivo para que no duerma o duerma entrecortado. Me aferraba a mi osito de peluche creyendo que con él en brazos estaba a salvo.

A los discípulos les pasó algo similar. Ellos eran pescadores, lo que hace suponer que tenían experiencia en navegación nocturna.

Sin embargo, se asustaron en medio de un viento en contra, al ver algo que se acercaba, aparentemente un fantasma. Cuando es de noche, en medio de la oscuridad, cualquier cosa los asusta. En eso una voz les dice: -“Soy yo, no tengan miedo”.

Pedro, entre desconfiado y valiente, lo desafía: “Si eres tú, ordena que yo vaya a ti.” Y la respuesta no se hizo esperar: “Ven”. Pedro fue, pero se empezó a ahogar.

De la valentía al miedo: -“¡Sálvame!” ¿A qué se debía el miedo? Al notar la fuerza del viento.

Finalmente, esta experiencia sirvió para que los discípulos reconocieran que en verdad Jesús es el Hijo de Dios.

En nuestras vidas sucede muchas veces algo similar: Jesús nos llama, queremos ir a él, pero sentimos un fuerte viento que nos tira en contra y sentimos miedo, nos ahogamos…

Queremos serle fiel a Jesús, pero las fuerzas del mundo, que nos invitan a la comodidad, a la pereza, al desánimo, nos hacen sentir miedo y nos hundimos.

La barca de nuestra vida es azotada por tempestades, enfermedades, problemas de pareja, de trabajo y muchos otros, y por mirar la fuerza de la tempestad no vemos el poder salvador de Jesús.

Jesús le pregunta a Pedro: -¿Por qué dudaste? ¿Por qué te distrajiste mirando las adversidades y creyendo que ellas te pueden hundir? Si yo estoy contigo y te digo “ven”, es porque en mí estarás seguro.

Pablo Münter 

Salmo 85,8-13; Génesis 37,1-4,12-28; Romanos 10,5-15; Mateo 14,22-33; Agenda Evangélica: Mateo 7,24–27