Jueves 21 de septiembre

 

 

Yo he venido a prender fuego en el mundo; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!

Lucas 12,49

¡Qué palabras raras de Jesús! El mismo Jesús al que conocemos como mensajero de paz, del amor, el Hijo de Dios que muestra al mundo que una vida, una conducta diferente es posible, habla de guerra.

Estos versículos me producen un torbellino de pensamientos. Hasta cierto rechazo siento frente al texto. Pero si dejo la Biblia de lado y abro el diario para leer las noticias del mundo se me abren los ojos. Claro, Jesús tenía razón. Él quería traer paz y amor al mundo. Pero lo que tenemos son guerras y más guerras. Países que levantan murallas. Y ciudadanos que queman casas para que los refugiados no encuentren un techo.

Arde el fuego de verdad. No sólo que no entendemos el mensaje de Jesús cuando habla del reino de Dios, sino que, además, somos capaces de destruir allí donde algo del Reino podría encontrarse. En un mundo de egoísmo y permanente búsqueda de crecimiento económico, el reino de Dios, así como lo predicaba Jesús, no tiene mucha aceptación. La paz que predicaba Jesús, y que necesitamos urgentemente, no es una paz barata o fácil. Hay que luchar por ella. Si en una sociedad de terrible consumismo me pongo a hablar de austeridad o de estar contento con lo que tengo, me hago enemigo de muchos. Por lo menos me declaran desubicado. No obstante, vale la pena luchar por un mundo más justo. Y de entre los métodos de lucha no me puedo imaginar ningún fuego. Ahí me quedo con las actuaciones de Jesús: si alguien enciende un fuego, más vale que yo procure apagarlo. 

Señor, que pueda ser, instrumento de tu paz: donde haya odio, que yo ponga el amor; donde ofensas hay, que yo brinde el perdón; donde hay discordia, que procure la unión. (Francisco de Asís)

Detlef Venhaus

Lucas 12,49-53