Jueves 23 de enero

 

Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos.

1 Corintios 1,27

La Biblia está llena de historias que nos hablan de un Dios que una y otra vez elige a lo pequeño e insignificante, para llevar adelante su proyecto. Lo que para el mundo es admirable, heroico, importante…, ante Dios no cuenta.

Ahora que estoy ya cerca de la edad que me permite pensar en la jubilación, hago un alto en el camino. Antes de mirar hacia adelante y hacer proyectos para la nueva etapa, quiero abrir las primeras páginas de mi libro de vida. El otro día un miembro de nuestra congregación quería saber por qué yo había elegido el camino del pastorado, y por qué razón había dejado mi familia, mis amigos, mi “país”, para continuar mi camino lejos de los míos, con todo lo que implicaba…

La charla me motivó a “escavar” un poco más en mi pasado. ¿Por qué creo en Jesucristo? Aparecen en mi mente nombres (que ya no están), personas muy “comunes”, como mis abuelos que por culpa de dos guerras, nunca pudieron estudiar. O mi mamá, viuda a los treinta años, con dos niños pequeños, trabajadora de fábrica para alimentarnos. Veo también un hombre, dueño de una pequeña fábrica, que todos los domingos les contaba a los niños en la escuelita dominical las historias bíblicas. Después de muchos años, yo ya estaba aquí en Argentina, un amigo me llamó para comunicarme su fallecimiento. Lloré como si hubiera sido mi propio padre. Durante casi cincuenta años el hombre les contaba a los niños cuentos bíblicos todos los domingos.

¿Qué tienen en común estas personas? Podría haber nombrado mujeres y hombres de “otro” nivel, profesores, grandes teólogos, mis ídolos del ámbito de la música o de la política. Pero mi fe pudo germinar y crecer porque estos “pequeños”, los que no figuran en ningún libro de historia y que, ante los hombres, no fueron importantes, sembraron la semilla de la fe en mi Señor y Salvador.

Reiner Kalmbach

1 Corintios 1,26-31