Jueves 23 de noviembre

 

 

Que el Señor los haga crecer para que se amen más y más unos a otros, y a todos, tal como nosotros los amamos a ustedes.

1 Tesalonicenses 3,12

En esto conocerán que son mis discípulos: si se aman unos a otros como yo los amo”. Pablo no pide que Dios los haga crecer para tener una casa más grande o para cambiar el auto. Pide que Dios los haga crecer para que se amen más. Pide por nosotros, para que Dios nos haga crecer, para que nos amemos más, con un poco menos de mezquindad, de recelos, de envidias, de egoísmos.

A medida que vamos creciendo parece que necesitamos menos de los demás, nos volvemos autosuficientes, no queremos o nos da vergüenza pedir ayuda a los demás. El Señor nos está diciendo que él nos va a hacer crecer, y que a medida que crezcamos necesitaremos más y más amor.

El mundo nos quiere hacer creer que somos autosuficientes. Dios nos habla del mérito de necesitarnos unos a otros. Dios mismo, que por definición no necesita nada, eligió “necesitarnos”, nos creó para que seamos sus interlocutores privilegiados en el universo. Eligió amarnos y nos distinguió con su amor. Dios, el que no necesita nada, nos necesita.

Yo necesito de Dios y necesito de mis hermanos. El amor de Dios es nuestro escudo y fortaleza contra todos los males de este mundo. Como comunidad, nos sentimos refugiados de todo embate del maligno, y no porque seamos fuertes, sino porque el amor del que nos ama por sobre todas las cosas nos cuida y nos protege, así como nosotros debiéramos amar a nuestros hermanos y nuestras hermanas.

El amor debe ser el único bien que sobreabunda al ser compartido. No lo economicemos, no lo escatimemos, no lo guardemos para mañana.

El amor de Dios sobrepuja todo entendimiento y nos hace cantar junto a nuestros niños:

El amor de Dios es maravilloso, tan grande es el amor de Dios.

Aníbal Barengo

1 Tesalonicenses 3,1-13